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INE vuelve al gris y reaviva polémica por identidad institucional

Ciudad de México. El Instituto Nacional Electoral (INE) anunció que reemplazará los tonos lilas que había adoptado por el gris, en respuesta a las críticas por supuestos vinculos cromáticos con el Gobierno de la CDMX. Según un comunicado del propio INE y reportes de El Universal, la medida busca disipar dudas sobre la neutralidad del órgano electoral, pero ha encendido una nueva discusión pública sobre criterios, tiempos y costos de la comunicación institucional.

La decisión no es sólo estética. Para muchas personas la paleta de colores de una institución transmite imparcialidad o cercanía con ciertos actores políticos. Cambiar de lila a gris es, en palabras de críticos, como «quitarse la camiseta para que no parezca que se juega en el mismo equipo». Para sus defensores, en cambio, el gris remite a sobriedad y universalidad, rasgos que un árbitro electoral debería proyectar.

En el comunicado, el INE afirmó que la modificación responde a observaciones ciudadanas y busca «reforzar la percepción de neutralidad». El Universal consignó además que la reaplicación del gris afectará materiales digitales, impresos y señalética en delegaciones. El instituto no precisó el costo total del cambio ni los plazos para completarlo.

La controversia vuelve al terreno de lo práctico: además de la imagen simbólica, intervenir logotipos, plantillas y papelería genera gastos y consumo de recursos técnicos que podrían destinarse a programas de educación cívica o mejoras operativas. En un país donde la confianza en las autoridades electorales es un bien frágil, cada decisión comunicativa se examina con lupa.

Organizaciones civiles y académicos consultados por este diario subrayan la necesidad de protocolos claros para la identidad institucional. No se trata sólo de elegir un color, sino de establecer reglas transparentes sobre cómo y por qué se hacen cambios, quién los autoriza y qué impacto financiero y comunicativo tendrán. Sin esos candados, incluso acciones aparentemente menores se convierten en gasolina para la polarización.

La escena política también influye: en las redes sociales y en voces partidarias se interpretó el uso del lila como un gesto de sintonía con la administración local en la capital. La renovación al gris, por tanto, procura apagar esa lectura, aunque deja en evidencia la vulnerabilidad del INE ante simbologías que le son ajenas pero que la ciudadanía sí percibe.

Más allá del debate cromático, la discusión revela un asunto mayor: la urgencia de fortalecer la cultura institucional que garantice credibilidad. Si el INE quiere recuperar y preservar confianza, deberá acompañar este ajuste visual con mayor transparencia en decisiones estratégicas, informes de costos y mecanismos de rendición de cuentas que permitan evaluar si el cambio fue cosmético o realmente funcional.

En términos ciudadanos, la lección es sencilla: las instituciones no sólo gobiernan con normas, sino también con señales. Y en un país donde la confianza política está erosionada, el color de una institución puede ser tanto un síntoma como una oportunidad para reconstruirla.

Con información e imágenes de: Reforma