Ine renueva identidad: del rosa cívico al gris, una apuesta que divide
La Junta General Ejecutiva del Instituto Nacional Electoral aprobó el cambio de imagen institucional para que la paleta pase a tonos grises, dejando atrás el llamado “rosa cívico” y las variaciones en lila y violeta, según informó el propio Instituto Nacional Electoral (INE) en su comunicado. La decisión busca transmitir neutralidad, pero ya provoca críticas y dudas sobre simbolismos y eficacia.
Para el INE, el gris es la vestimenta del árbitro: neutralidad visual que evita asociaciones partidarias y facilita la reproducción en materiales oficiales. Esa es la explicación que la institución colocó sobre la mesa durante la sesión de la Junta General Ejecutiva, según fuentes internas del propio Instituto Nacional Electoral.
Sin embargo, la medida no cae bien entre colectivos ciudadanos y defensores de derechos ciudadanos que señalan un efecto práctico y simbólico. Para muchas organizaciones que habían encontrado en el lila y el violeta —colores asociados públicamente a la lucha por la igualdad de género— una forma de visibilizar demandas sociales, el giro al gris es como “borrar una firma” en un documento que aún está en discusión.
El cambio también abre preguntas concretas: ¿qué costo tendrá la sustitución de señalética y materiales? ¿Cómo impactará la identificación del INE en las oficinas locales y casillas electorales? ¿Se consultó a usuarios y trabajadoras encargadas de dicha comunicación? El Instituto afirma que la transición será progresiva y que busca coherencia gráfica, pero no detalló agenda ni desglose económico en su nota.
Desde un punto de vista práctico, pasar al gris puede facilitar reproducción en documentos y uniformidad, pero también corre el riesgo de homogeneizar la presencia institucional hasta volverla anodina. En política, la neutralidad visual no siempre equivale a mayor confianza ciudadana; a veces es percibida como falta de personalidad o evasión de responsabilidades simbólicas.
La decisión del INE deberá transitar ahora por la percepción pública. Si el objetivo es reforzar la imparcialidad, la institución tendrá que acompañar el cambio con medidas transparentes: cronograma, costos y diálogo con la sociedad. Si el resultado es sólo un lavado estético, el Instituto podría perder una ocasión para reforzar cercanía y claridad en un momento en que la confianza en las instituciones sigue siendo frágil.
El señalamiento es claro: el gris puede servir al árbitro, pero no sustituye la conversación sobre justicia, participación y visibilidad que muchos esperaban ver representada en la identidad pública del Instituto Nacional Electoral.
