Michoacán, territorio indomable

Hay muertes que se convierten en símbolos y, a veces, incluso en puntos de inflexión. El asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, ha detonado una protesta social pocas veces vista en Michoacán, tristemente acostumbrado al dolor y la impotencia. El estallido ha llevado incluso a reaccionar al Gobierno federal de Claudia Sheinbaum. Pero hace casi 20 años, apenas a unas cuadras de la plaza municipal donde acribillaron a quemarropa al alcalde, sucedió otro episodio que marcó la memoria reciente del país. La madrugada del 6 de septiembre de 2006, una veintena de tipos encapuchados con rifles de asalto y vestidos con uniforme de policía entraron a tiros en una discoteca. Antes de irse, sacaron de una bolsa cinco cabezas humanas y las dejaron sobre la pista de baile. Tres meses después de aquello, una de las primeras exhibiciones de narcoterror en México, el presidente Felipe Calderón anunciaba nada más al llegar al poder que sacaba a los militares a la calle. Daba comienzo la infausta guerra contra el narco y sus decenas de miles de muertos y desaparecidos.

Desde entonces, Michoacán ha sido un espejo crudo de la batalla por el control territorial en México, una lucha que parece no tener fin. El reciente asesinato de Carlos Manzo no es solo otra cifra en la estadística de la violencia; es una herida abierta que ha tocado una fibra profunda en una sociedad exhausta. La respuesta ciudadana, con marchas y bloqueos, es un grito de hartazgo que las autoridades no pueden ignorar. La presidenta Claudia Sheinbaum ha prometido una investigación a fondo y un refuerzo de la seguridad, pero la gente sabe que las soluciones fáciles rara vez funcionan en este territorio complejo.

El eco del 2006 resuena en las calles de Uruapan. Aquel acto de barbarie en la discoteca, que introdujo el concepto de «narcoterror» en el vocabulario nacional, fue un presagio de lo que estaba por venir. Fue la señal de que los grupos criminales estaban dispuestos a usar la violencia más extrema no solo para controlar rutas o mercados, sino para sembrar el pánico y desafiar al Estado de manera abierta. La estrategia militar de Felipe Calderón, iniciada precisamente en Michoacán, no logró desarticular a los cárteles; en muchos casos, los fragmentó y los hizo más diversos y sanguinarios, dando origen a nuevos grupos como Los Caballeros Templarios tras la caída de La Familia Michoacana, y más tarde a la expansión de otros como el Cártel Jalisco Nueva Generación.

Pero, ¿por qué Michoacán es tan codiciado y, a la vez, tan difícil de domar? La respuesta es tan compleja como su geografía. El estado es una joya agrícola, el principal productor mundial de aguacate, limón y berries, cultivos que generan miles de millones de dólares. Esta riqueza legal es un imán para la extorsión criminal, que cobra «derecho de piso» a productores, empacadores y transportistas. Si un agricultor de aguacate no paga, su cosecha corre peligro, o peor aún, su vida y la de su familia. Es una presión constante que asfixia la economía local y la vida de la gente común.

Además de la agricultura, Michoacán posee un puerto estratégico en Lázaro Cárdenas, una puerta al Pacífico para el tráfico de drogas, precursores químicos y contrabando. A esto se suman los recursos naturales como la madera y la minería ilegal. Todos estos elementos se combinan para crear un botín inmenso que diferentes grupos criminales —desde las autodefensas que se levantaron contra el crimen y en ocasiones se vieron infiltradas, hasta las facciones más recientes de Cárteles Unidos o el CJNG— se disputan con una violencia brutal. La disputa no es solo por dinero, es por control total: quién dicta las reglas en cada pueblo, quién decide quién vive y quién muere, quién tiene la última palabra sobre el destino de miles de familias.

Para los ciudadanos de Michoacán, la vida cotidiana es un equilibrio precario. La sombra del crimen organizado se cierne sobre cada decisión: abrir un negocio, mandar a los hijos a la escuela, o incluso simplemente transitar por una carretera. Muchas comunidades han visto a sus jóvenes reclutados a la fuerza, a sus líderes asesinados y a sus vecinos desplazados. La confianza en las instituciones se ha erosionado, y el miedo se ha arraigado. La gente no pide que el gobierno haga milagros, pero sí exige una estrategia que vaya más allá de los despliegues militares temporales, una que atienda las raíces del problema: la pobreza, la falta de oportunidades, la corrupción y la impunidad.

El desafío para el gobierno federal y estatal es gigantesco, pero no insuperable. Requiere una visión integral que combine la fuerza del Estado para restablecer la seguridad con políticas sociales que generen oportunidades reales, fortalezcan la educación y la cultura, y reconstruyan el tejido social. Es fundamental que se fortalezcan las instituciones de justicia, se depuren las policías y se garantice que ningún crimen quede impune. La protesta tras el asesinato del alcalde Manzo es una oportunidad dolorosa pero vital para escuchar a la gente, para que la ciudadanía organizada se convierta en un actor clave en la búsqueda de soluciones. Michoacán no es un caso perdido; es un territorio con gente valiente y trabajadora que merece vivir en paz. Su historia de resistencia es un testimonio de que, a pesar de la adversidad, el espíritu indomable de su gente puede ser el motor de un cambio verdadero.

Fuente:https://elpais.com/mexico/2025-11-06/michoacan-territorio-indomable.html