Lula y Bolsonaro cortejan al electorado católico en la cuenta regresiva

A pocos días de la segunda vuelta, la devoción se transforma en arena electoral. Durante las celebraciones de Nuestra Señora de Aparecida, los gestos hacia el electorado católico se intensificaron: Flávio Bolsonaro negó rumores sobre una supuesta intención de quitarle a la Virgen su condición de patrona, visitó a su padre, Jair Bolsonaro, y agradeció a Dios; mientras el presidente Luiz Inácio Lula da Silva participó en una misa y aprovechó para criticar la suspensión de su canal de difusión en WhatsApp por presuntas publicaciones de noticias falsas. Así lo relataron periodistas de Reuters que cubrieron la jornada.

La escena muestra una mezcla de fe, estrategia y desinformación que pinta la contienda como algo más que promesas económicas: es una batalla por símbolos y afectos. Según el Instituto Brasileiro de Geografia e Estatística (IBGE), la adhesión católica en Brasil ha ido disminuyendo en la última década, pero sigue siendo una fuerza social y cultural capaz de inclinar votos en regiones clave. Eso explica por qué los candidatos invierten gestos públicos en santuarios, homilías y fotografías abrazando imágenes religiosas.

Hay riesgos prácticos y democráticos en esta táctica. En primer lugar, la instrumentalización de la fe puede erosionar la separación necesaria entre Estado e iglesia y generar expectativas públicas sobre políticas que no siempre se traducen en resultados concretos para la ciudadanía. En segundo lugar, la guerra de versiones y la moderación de plataformas, como la decisión que afectó al canal de Lula en WhatsApp, muestran lo vulnerable que es el proceso electoral frente a la desinformación y a decisiones opacas de gigantes digitales. Reuters documentó críticas del propio Lula sobre esa suspensión, que reabre el debate sobre transparencia y reglas claras en la comunicación política.

En lo práctico, la competencia por el voto religioso tiene efectos concretos en la vida cotidiana de la gente. Los programas sociales, la educación pública y la política de salud pueden recibir giros discursivos para contentar a grupos conservadores o moderados. Un mensaje dirigido a “los fieles” puede traducirse en retrocesos o avances en derechos reproductivos, políticas educativas y en la priorización de recursos para comunidades locales. Por eso no basta con el gesto: los electores merecen claridad sobre políticas públicas y compromisos verificables.

El clérigo, la feligresa y el joven que asisten a la misa no buscan solo símbolos; piden respuestas sobre empleo, salud y seguridad. Los periodistas de Reuters señalaron también el ambiente de polarización en los santuarios: devoción junto a carteles y banderas partidarias, una mezcla que subraya hasta qué punto la fe se ha politizado.

Las instituciones —estatal, eclesiástica y las propias plataformas digitales— tienen responsabilidades. Es necesario que el Tribunal Superior Electoral y las plataformas den criterios públicos y verificables para las decisiones que afectan la campaña. La Iglesia, por su parte, debe ser cuidadosa al no convertirse en apéndice de campañas políticas. Y los ciudadanos necesitan información clara para decidir.

Si la intención es recuperar confianza y civismo, la lección es simple: la política que apela a la religión debe acompañarse de propuestas públicas concretas y un compromiso serio con la transparencia. Así lo sugieren los hechos recogidos por Reuters y los datos del IBGE, y así deberá juzgarlo el electorado en los próximos días.

Con información e imágenes de: France 24