Trump reduce a México a tamales y jitomate, pero asegura que no romperá la relación con Sheinbaum
El presidente de Estados Unidos volvió a lanzar un comentario despectivo sobre México al referirse al país como “tamales y jitomate”, según reportes de Reuters y The Associated Press, pero minutos después destacó la buena relación que, dijo, mantiene con la presidenta Claudia Sheinbaum y aseguró que no buscará romper los lazos económicos entre ambos países.
Las declaraciones, proferidas en un acto público en territorio estadounidense y recogidas por medios internacionales, mezclan un tono burlesco con una sentencia pragmática: minimizar la complejidad de México mientras se subraya la conveniencia de mantener vínculos comerciales. Reuters señaló que el mandatario empleó la frase para contrastar lo que él llamó “la realidad cultural” con “los intereses económicos”.
Ese doble discurso tiene efectos concretos. México y Estados Unidos intercambian más de medio billón de dólares al año en bienes y servicios, una red de producción y empleo que toca desde el salario de ensambladoras en la frontera hasta el precio de los jitomates en las fruterías urbanas, recuerda The Associated Press. Romper esos lazos tendría un impacto directo en trabajadores, migrantes y cadenas productivas de ambos lados de la frontera.
Para sectores críticos, la imagen reduccionista refuerza estereotipos que alimentan la xenofobia y desvían la atención de debates reales sobre política migratoria, salarios y derechos laborales. La politóloga Ana Vargas, consultada por este diario, advierte que “cuando un líder global convierte a un país en un meme culinario, trivializa problemas estructurales: inseguridad, desigualdad y la dependencia económica que obliga a millones a migrar”.
Desde la presidencia mexicana, según el reporte de Reuters, se optó por matizar: enfatizar la voluntad de diálogo y el interés en mantener la cooperación económica y migratoria. Esa postura guarda coherencia con la estrategia oficial de priorizar la estabilidad comercial —incluido el cumplimiento del T-MEC— mientras se manejan las fricciones políticas en el plano diplomático.
Para la ciudadanía, el episodio tiene dos lecturas: por un lado, la insistencia en la interdependencia económica puede tranquilizar a empresas y familias que dependen del intercambio bilateral; por otro, la normalización de discursos reductores alimenta un clima en el que los mexicanos y las mexicanas pueden sentirse despojados de su complejidad histórica y social.
Organizaciones civiles y activistas por los derechos de migrantes han señalado a The Associated Press que este tipo de mensajes presionan a los gobiernos a responder no solo con gestos diplomáticos, sino con políticas que protejan a trabajadoras y trabajadores transfronterizos, garanticen condiciones laborales y combatan la discriminación.
En el terreno político interno de Estados Unidos, la táctica tampoco es inocua: usar estereotipos puede movilizar a bases electorales, pero también estropea canales de cooperación imprescindibles para temas como seguridad, salud pública y cambio climático. Como recuerda Reuters, el equilibrio entre retórica y pragmatismo será clave en los próximos meses, mientras ambos gobiernos negocian asuntos concretos que afectan la vida cotidiana de millones.
La escena deja, en resumen, una contradicción evidente: la misma mano que reduce a un país a un par de imágenes culinarias asegura no querer romper la mesa donde se negocian los empleos, las inversiones y la movilidad. Para quienes viven la relación día a día, la pregunta es si las palabras serán menores que las políticas que vendrán.
