Trump borra 47 años de estigma sobre Siria y abre paso a la reinserción económica

Tras cumplirse los 45 días formales desde la notificación al Congreso, la Administración de Donald Trump retiró oficialmente a Siria de la lista de países «patrocinadores del terrorismo» en la que permanecía desde 1979, informó el Departamento de Estado. El gesto, presentado por Washington como un paso hacia la normalización, tiene consecuencias prácticas y políticas que afectan, sobre todo, a la vida cotidiana de la población siria y a los futuros equilibrios regionales.

Quitar esa etiqueta implica el levantamiento de ciertas sanciones que bloqueaban transacciones financieras, inversiones en proyectos de reconstrucción y algunos flujos comerciales. Para una familia en Homs o Alepo, en la práctica podría significar mayor acceso a remesas y a medicamentos importados; para empresas y contratistas, la posibilidad —teórica— de participar en obras de reconstrucción hasta ahora vetadas por las barreras legales, según evalúan economistas consultados por el Departamento de Estado.

Pero el avance no borra todos los obstáculos. El Departamento del Tesoro y su Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) mantienen una maraña de sanciones secundarias y listas de individuos y entidades vinculadas al régimen de Bashar al Asad. Analistas y organizaciones como Human Rights Watch advierten que la eliminación del estigma no equivale a una amnistía económica automática: los bancos internacionales seguirán siendo cautelosos por el riesgo reputacional y legal.

Damasco, por su parte, celebró la decisión. El Ministerio de Relaciones Exteriores sirio la calificó como la eliminación del «último obstáculo» para la reinserción del país en el sistema financiero global. No obstante, voces críticas dentro de Estados Unidos y en la región subrayan el dilema moral: ¿cómo combinar la reapertura económica con responsabilidades por crímenes de guerra y violaciones de derechos humanos documentadas durante la guerra civil? Legisladores demócratas han pedido garantías y mecanismos de supervisión antes de permitir inversiones masivas en la reconstrucción.

La jugada tiene además un claro componente geopolítico. Quitar a Siria de la lista modifica incentivos para actores como Rusia e Irán y podría facilitar movimientos diplomáticos futuros. Pero también deja abierta la pregunta sobre el papel que desempeñarán los países europeos y los organismos multilaterales: ¿financiarán proyectos sin condiciones de derechos humanos? ¿Se habilitarán líneas de crédito para empresas que compitan por contratos en un mercado marcado por clientelismos?

En la calle hay expectativas mezcladas: comerciantes esperan menos trabas para importar materias primas; organizaciones humanitarias piden que los beneficios lleguen primero a servicios básicos como salud y agua. Mientras tanto, expertos citados por el Departamento de Estado y por ONG internacionales insisten en una receta clara: ligarla a transparencia, auditoría externa y mecanismos que protejan a las víctimas. Sin estas salvaguardas, el levantamiento del estigma puede convertirse en un billete de entrada para intereses geopolíticos y económicos que no necesariamente mejoren la vida de la mayoría de los sirios.

Con información e imágenes de: France 24