Armamento caro no basta: cómo los hutíes burlan a la maquinaria militar saudí
Los recientes ataques reivindicados por los hutíes contra una base saudí y el avance hacia el estrecho de Bab el-Mandeb reabren la pregunta: ¿por qué fallan millones de dólares en armamento frente a tácticas irregulares? La experta en geopolítica Sonia Andolz analiza las causas y las consecuencias.
En los últimos días, el grupo hutí de Yemen anunció ataques contra instalaciones saudíes y movimientos hacia el estratégico estrecho de Bab el-Mandeb, una vía clave para el comercio entre Asia y Europa. Informes de Reuters y de la BBC documentan el uso recurrente por parte de los rebeldes de drones, misiles de crucero y ataques a embarcaciones en el mar Rojo, mientras Naciones Unidas advierte sobre el empeoramiento de la crisis humanitaria en el norte de Yemen tras los bombardeos aéreos.
A simple vista parece un misterio: Arabia Saudita ha comprado armamento por miles de millones a Estados Unidos, Reino Unido y otros proveedores, según datos del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI). Sin embargo, ese arsenal no ha sido suficiente para neutralizar la amenaza hutí. Sonia Andolz, experta en geopolítica en Medio Oriente, lo resume así: la superioridad material no se traduce automáticamente en control del terreno cuando el adversario cambia las reglas del juego.
Hay varias razones complementarias. Primero, la táctica asimétrica. Los hutíes han aprendido a operar con «enjambres» de drones baratos y misiles de bajo coste que saturan las defensas y explotan puntos ciegos de radares y sistemas de intercepción. Segundo, la geografía y la dispersión: objetivos móviles en el mar y redes dispersas en tierra son difíciles de alcanzar con bombarderos y sistemas convencionales sin riesgo de daños colaterales. Tercero, restricciones políticas y estratégicas limitan la respuesta saudí: el temor a una escalada regional, la presencia de actores como Irán y la necesidad de mantener relaciones internacionales condicionan el uso del poderío militar, como han señalado análisis del IISS y reportes periodísticos.
Además, la guerra no se gana solo con hardware. La inteligencia, la coordinación entre aliados y el trabajo en terreno -capilaridad que permite identificar lanzadores escondidos o cadenas de suministro de armas- son igual de decisivos. En varios episodios, fallos en la inteligencia y la dependencia de contratistas y tecnología extranjera han reducido la eficacia operativa de la coalición saudí, según fuentes y expertos consultados por medios internacionales.
El avance hacia Bab el-Mandeb tiene implicaciones económicas y humanitarias concretas. Ese estrecho es un cuello de botella del comercio marítimo; interrupciones elevan seguros, encarecen mercancías y afectan a economías vulnerables. Para las comunidades en Yemen, los bombardeos y bloqueos agravados por la campaña saudí implican desplazamiento, hambre y dificultades para acceder a servicios básicos, tal como documenta Naciones Unidas.
La combinación de tácticas económicas, apoyo externo limitado y explotación de vulnerabilidades operativas explica por qué un ejército con recursos no siempre puede imponerse a un adversario flexible. Como compara Sonia Andolz, es como «tener un martillo de alta tecnología para golpear una telaraña: mucha fuerza, poco efecto si no cambias la herramienta y la estrategia».
El desafío para Riad y sus aliados no es solo modernizar arsenales sino repensar la estrategia: mejorar inteligencia humana, reducir la dependencia de interceptores costosos frente a amenazas masivas y, sobre todo, abrir vías políticas que desconecten a los grupos armados de apoyos externos y atiendan las causas sociales que alimentan el conflicto. Ese enfoque, advierten analistas, ofrece más probabilidades de estabilidad que seguir apostando únicamente por compras multimillonarias de armamento.
