Netanyahu descarta pactos con partidos árabes y agudiza tensiones
Tras los primeros resultados preliminares de las elecciones legislativas, Benjamin Netanyahu habló ante simpatizantes del Likud y dejó claro lo que muchos temían: no habrá acuerdos que otorguen a los partidos árabes un papel decisivo en la próxima coalición. Desde la sede del Likud, nuestra enviada especial Erika Olavarría reporta que el primer ministro reivindicó la fuerza de su bloque y prometió articular un gobierno de derecha «fuerte y estable».
En su intervención agradeció a los aliados tradicionales y apeló a la unidad de la mayoría sionista, mientras cerraba la puerta a cualquier negociación que dependiera de los representantes árabes de la Knesset. Ese rechazo no es solo retórica: busca marcar el espacio político y condicionar las alternativas de gobierno.
El cierre supone, en la práctica, dos riesgos claros. El primero es democrático: en un país donde la población árabe ronda el 20% según datos demográficos oficiales, blindar la toma de decisiones frente a sus partidos alimenta la sensación de exclusión y debilita la representatividad. El segundo es funcional: si la derecha necesita socios para sumar mayoría, excluir a la mitad del tablero obliga a negociar con facciones más pequeñas, a menudo con agendas confesionales o ultranacionalistas, lo que puede traducirse en recortes de derechos civiles, cambios en políticas de vivienda y educación, y más tensión social.
Organizaciones civiles y líderes árabes ya han advertido que no aceptarán ser tratados como moneda de cambio. Desde la sociedad cotidiana, la decisión de cerrar filas contra la participación árabe repercute en servicios básicos —escuelas, acceso a suelo urbano, inversión pública— donde ya existen brechas palpables entre comunidades.
La postura de Netanyahu también complica la gobernabilidad: prometer un «gobierno fuerte» puede derivar en coaliciones frágiles y concesiones que afecten al Estado de derecho y al pluralismo. Periodistas y analistas destacan que la estabilidad que reclama el primer ministro corre el riesgo de convertirse en inestabilidad política si las tensiones sociales se profundizan.
Fuentes consultadas, entre ellas el recuento preliminar de la Comisión Electoral de Israel y los reportes desde la sede del Likud por Erika Olavarría, confirman que las negociaciones ahora se centrarán en una maniobra de suma con partidos de derecha y religiosos. El resultado determinará no solo quién manda en Jerusalén, sino cómo se reparten recursos y derechos en la vida cotidiana de millones de ciudadanos.
La política no es solo aritmética: es quién tiene voz en la mesa. Al cerrarla a buena parte de la ciudadanía, el poder corre el riesgo de gobernar sobre una sociedad más fragmentada.
