Paz en jaque: por qué un papel puede salvar vidas o encender otra guerra

Una Semana en El Mundo — En las últimas semanas hemos visto gestos diplomáticos, acuerdos parciales y retórica bélica que compiten por dominar los titulares. Lo que a simple vista parece un papel firmado puede ser la diferencia entre reconstruir una comunidad o volverla trizas. Con ejemplos que van desde el memorando entre EE. UU. e Irán hasta las negociaciones frustradas por la invasión en Ucrania y las promesas incumplidas de la “paz total” en Colombia, aquí explicamos, con datos y sentido común, qué decide si la paz dura o se desmorona.

De memorando a tratado: no todos los acuerdos pesan igual

Un memorando de entendimiento puede ser útil para abrir canales, liberar rehenes o congelar una escalada momentánea. Un acuerdo de fin de guerra busca ponerle marco legal y practicable a la paz: desarme, justicia transicional, reintegración económica y garantías de seguridad. La historia reciente muestra que los acuerdos con letra pequeña o sin mecanismos de cumplimiento terminan siendo promesas que se pudren.

Característica Memorando (EE. UU.–Irán, ejemplo reciente) Acuerdo de fin de guerra (ej.: Colombia, 2016)
Naturaleza legal Político, a menudo no vinculante Instrumento jurídico con obligaciones concretas
Alcance Puntual: presos, sanciones, cooperación limitada Amplio: seguridad, justicia, reparación, desarrollo
Mecanismos de cumplimiento Débiles o dependientes de confianza Monitoreo internacional y calendarios definidos
Tiempo para generar efectos Rápido pero frágil Lento pero más duradero

¿Qué nos enseña el caso EE. UU.–Irán frente a Rusia–Ucrania?

El memorando entre Washington y Teherán, según fuentes diplomáticas y análisis de centros como el International Crisis Group, fue posible por un interés mutuo específico y actores mediadores dispuestos a garantizar cumplimiento puntual. No es lo mismo mediar entre dos estados con asimetrías y objetivos estratégicos tan grandes como Rusia y Ucrania, donde la negociación requeriría garantías de seguridad multilaterales, retirada de tropas comprobable y mecanismos de verificación robustos.

  • Similitudes: la necesidad de mediadores confiables, incentivos claros y presión externa que empuje a sentarse a la mesa.
  • Diferencias: escala del conflicto, presencia de territorios ocupados, legitimidad internacional y capacidad de aplicar sanciones o garantías.

La presión militar: ¿empuja a negociar o destruye la mesa?

La presión sobre el terreno es una espada de doble filo. Si es demasiado suave, no obliga al adversario a ceder. Si es demasiado dura, puede endurecer posiciones y provocar colapso de canales diplomáticos. La investigación en resolución de conflictos (Kroc Institute, ONU) muestra que la paz suele durar más cuando las negociaciones combinan presión limitada con incentivos creíbles y medidas para proteger a la población civil.

Metáfora simple: es como apretar una tuerca. Si aprietas demasiado, la rosca se rompe; si aflojas demasiado, la tuerca sigue floja.

Cuándo le conviene a quien domina el terreno sentarse a hablar

  • Cuando la victoria total es imposible o costaría demasiado en vidas y recursos.
  • Si ganar terreno no se traduce en aceptación política o gobernanza sostenible.
  • Si existen incentivos internacionales (reconocimiento, levantamiento de sanciones, ayuda) que hagan la negociación más rentable que la contienda.

En la práctica, las potencias que mantienen la ventaja buscan asegurar garantías que preserven sus ganancias: amnistías parciales, presencia de fuerzas de seguridad propias, o acuerdos económicos que perpetúen su influencia.

Colombia: qué falló con la idea de “paz total”

La propuesta de paz total busca negociar con todos los grupos armados, desde guerrillas hasta bandas criminales. El objetivo es ambicioso y legítimo, pero tropieza con problemas prácticos:

  • Falta de un marco jurídico coherente para ofrecer incentivos sin renunciar a la justicia por delitos graves.
  • Débil control del Estado en territorios clave: sin presencia efectiva, los acuerdos quedan en papel.
  • Inexistencia de programas de reinserción económica escalables que ofrezcan alternativas reales a la ilegalidad.
  • Spoilers: grupos que se niegan a negociar y aprovechan vacíos para expandirse.

El acuerdo con las FARC de 2016 tuvo avances notables en reducción de la violencia política, pero dejó lecciones: la implementación tardía, la debilidad en seguimiento territorial y las expectativas no cumplidas para víctimas y excombatientes alimentaron nuevas dinámicas de violencia.

Qué funciona para que la paz dure (resumen práctico)

  • Claridad en los compromisos y en la secuencia de pasos: quién entrega qué y cuándo.
  • Mecanismos de verificación independientes y con poder de sancionar incumplimientos.
  • Inclusión de víctimas y comunidades locales en la definición de medidas de reparación.
  • Paquetes de desarrollo económico para sustituir incentivos de la violencia.
  • Apoyo internacional y garantías de seguridad creíbles.

Conclusión

La paz no es un documento: es un conjunto de hechos que se comprueban en la vida diaria de la gente. Un memorando salva una crisis; un acuerdo bien diseñado puede transformar sociedades. Pero ambos pueden fracasar si no se atienden la justicia, la implementación y las expectativas de las comunidades. La pregunta no es si firmamos, sino cómo hacemos que lo firmado llegue a las escuelas, a los empleos y a las plazas donde la gente vive.

Fuentes consultadas

  • Informes y análisis del International Crisis Group y del Instituto Kroc sobre negociación y cumplimiento de acuerdos.
  • Documentos y comunicados de Naciones Unidas sobre proceso de paz y verificación.
  • Estudios del Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) y seguimiento de conflictos (ACLED) para tendencias de violencia.
  • Lecciones extraídas del Acuerdo de Paz Colombia 2016 y debates públicos del proceso de paz total.
Con información e imágenes de: France 24