Eisenkot busca cerrar heridas; Netanyahu lo pinta como blando con Irán
A pocos días de las elecciones del 27 de octubre, el exjefe del Ejército promete sanación social mientras el primer ministro convierte la seguridad frente a Irán en arma electoral.
La promesa de Gadi Eisenkot de «sanar» la sociedad israelí, pronunciada en su último mitin antes de los comicios, encontró eco entre votantes cansados de la polarización que marcó el controvertido mandato de Benjamin Netanyahu. Según reportes de Haaretz y Reuters, Eisenkot, conocido por su paso como jefe del Estado Mayor, presentó su candidatura como una apuesta por la unidad y la recuperación de instituciones erosionadas.
Pero la apuesta por la reconciliación chocó de inmediato con la estrategia de Netanyahu. El primer ministro, que describe a Eisenkot como «indulgente» con Irán, convirtió la seguridad regional en el eje de su contraataque y recibió además un respaldo público de Donald Trump, un apoyo que según Reuters puede reforzar la imagen de Netanyahu entre su base pero también profundiza la polarización.
La acusación de que Eisenkot es blando con Teherán no es nueva en la política israelí: en campañas anteriores, cualquier matiz que sugiera apertura política o diplomacia con actores regionales se ha convertido en sinónimo de debilidad ante la opinión pública. No obstante, el diagnóstico merece matices. Eisenkot, veterano militar, ha repetido que la seguridad no está reñida con la democracia; su discurso sugiere priorizar la cohesión social y la capacidad del Estado para funcionar de forma eficaz, más que una escalada permanente en la retórica bélica.
Para votantes de a pie, la dicotomía tiene efectos concretos. La imagen de un Israel permanentemente militarizado afecta la economía, la vida cotidiana y la percepción de seguridad en barrios y comunidades. Según análisis publicados en Haaretz, la priorización exclusiva de la seguridad puede desviar recursos públicos de educación, salud y vivienda, sectores que, en estas elecciones, muchos ciudadanos sitúan como urgencias tangibles.
La campaña también se juega en clave institucional. La gestión de Netanyahu en los últimos años, incluida la tentativa de reformar el poder judicial que desató protestas masivas, dejó una huella de desconfianza que Eisenkot capitaliza con su mensaje de reparación. Reuters y The Times of Israel han señalado cómo ese desgaste institucional ha convertido la restauración de procesos democráticos en tema central para votantes moderados y jóvenes que protestaron contra la judicialización de la política.
Si la acusación de «ceder ante Irán» funciona como un estribillo fácil, su poder de persuasión depende del contexto: ¿qué propone concretamente Eisenkot en materia de política exterior? El candidato ha evitado fórmulas radicales y habla de coordinación con aliados y preparación disuasiva, una posición intermedia que intenta desligarse tanto de la confrontación permanente como de la complacencia. Para analistas citados por Haaretz, esa ambigüedad puede ser una virtud política, pero también un riesgo si el electorado demanda certezas en materia de seguridad.
El respaldo de Trump añade otro elemento: por un lado aporta altavoz y recursos simbólicos; por otro, puede reforzar la narrativa de que la elección no solo decide sobre gestión interna sino sobre la orientación geopolítica de Israel y su relación con Estados Unidos. Reuters reporta que la influencia de figuras internacionales en campañas locales suele polarizar más que sumar votantes indecisos.
En las calles, la campaña de Eisenkot tuvo ayer rostros concretos: trabajadores que hablan de transporte y salarios, familias preocupadas por la inflación y ciudadanos que señalan el desgaste democrático como amenaza real para su futuro. Esa mezcla de necesidades sociales y temores de seguridad es el escenario en el que se decidirá si la promesa de «sanación» tiene recorrido electoral o queda ahogada por la retórica de la seguridad.
Lo que está en juego, según The Times of Israel y los análisis de Haaretz, no es solo quién ganará el lunes, sino qué rumbo tomará la vida pública: un país que intenta suturar grietas internas y recuperar confianza en sus instituciones, o uno que refuerza la lógica del todo por la seguridad y normaliza la confrontación política como método. Para millones de israelíes, la diferencia se traducirá en decisiones cotidianas, en prioridades presupuestarias y en la forma en que se conviva con la amenaza regional.
