Escuelas acogen a cientos tras riadas que golpean Nepal y el Tíbet
Devighat, Nepal. Especial enviado: Adrián Foncillas.
Las aulas de una escuela secundaria en Devighat han cambiado pizarras por mantas y mesas por improvisadas camas. Allí, cerca de 400 personas de distintas aldeas de la ribera se hacinan en pasillos y salones, dependientes de los camiones de ayuda que llevan alimentos, agua y medicamentos. Nuestro enviado especial Adrián Foncillas constató in situ el drama humano: familias que lo perdieron todo y que ahora esperan soluciones que no lleguen tarde.
Las riadas y desbordes que han azotado este monzón a amplias zonas de Nepal y a comunidades en la meseta tibetana han dejado un rastro de viviendas arrasadas, carreteras cortadas y cultivos destruidos. Según la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA), decenas de miles de personas han sido desplazadas en ambas regiones y la emergencia humanitaria aún se intensifica en puntos aislados donde los rescates son complicados.
En la escuela de Devighat, las historias se repiten: una mujer que abraza a su hijo y recuerda la noche en que el río se llevó la casa; un agricultor que ve sus terrazas convertidas en lodo; una maestra que ahora organiza filas para raciones y cuidado infantil. «Las aulas nos salvaron la noche, pero no son hogar», dice una vecina, y su frase resume el vacío entre la emergencia inmediata y la falta de planes de reconstrucción.
Las críticas se centran en la insuficiencia de la respuesta institucional. Si bien organizaciones como la Cruz Roja y varias ONG locales han movilizado ayuda, la coordinación con las autoridades nacionales y regionales falla en puntos clave: alertas tempranas que no alcanzaron a comunidades remotas, infraestructuras mal diseñadas para resistir inundaciones recurrentes y una red de refugios permanente casi inexistente. Los datos de OCHA y testimonios en terreno muestran que muchas de las escuelas habilitadas como refugio no cumplen con instalaciones sanitarias adecuadas ni privacidad para mujeres y niñas.
El cambio climático aumenta la frecuencia de lluvias extremas y el derretimiento de glaciares en la meseta tibetana. Esa combinación convierte episodios locales en catástrofes regionales. Expertos consultados por este diario subrayan que la solución no es solo enviar camiones de ayuda, sino invertir en sistemas de alerta, restauración de cuencas, viviendas resilientes y planes de reasentamiento participativos.
Frente a la emergencia, surgen también actos de solidaridad: escuelas de zonas menos afectadas abren colectas, redes comunitarias organizan limpieza de ríos y jóvenes voluntarios ayudan en la distribución. Pero la solidaridad voluntaria no debe sustituir la responsabilidad pública. El gobierno de Nepal y las autoridades chinas en el Tíbet tienen ante sí la tarea de traducir la asistencia inmediata en políticas de prevención y protección social, y de rendir cuentas sobre por qué las infraestructuras críticas fallaron.
Mientras tanto, en Devighat, las clases no volverán por semanas. Las aulas que antes enseñaban geografía y matemáticas ahora enseñan a sobrevivir un invierno tras la riada. Los afectados piden dos cosas concretas: vivienda segura y planes participativos que incluyan a las comunidades en cada decisión. Como recuerda un anciano refugiado, «los ríos siempre estuvieron aquí; lo que cambió fue nuestra forma de vivir junto a ellos».
La situación exige que la ayuda llegue con rapidez, pero también con visión: fondos para reconstrucción, medidas de adaptación climática, y un sistema de refugios digno que no sustituya la escolaridad ni la privacidad. Lo cuenta en terreno Adrián Foncillas; lo confirman OCHA y organizaciones humanitarias. Lo que queda claro es que las escuelas pueden salvar vidas, pero no resolverán una crisis que pide políticas públicas valientes y sostenidas.
