Migración bajo presión: Chile supera las 2.000 expulsiones y endurece las medidas

El Ministerio del Interior y Seguridad Pública confirmó que Chile alcanzó las 2.000 expulsiones de extranjeros en 2026 tras el undécimo vuelo de deportación del año, que esta vez trasladó a 75 personas hacia Perú, Colombia y República Dominicana. La cifra, récord para un año calendario, ha reabierto el debate sobre la eficacia y el costo humanitario de una política migratoria cada vez más dura.

Las autoridades defienden las expulsiones administrativas como una respuesta necesaria a la presión sobre servicios públicos y al orden público. Desde La Moneda señalan que los vuelos y las expulsiones buscan «recuperar control» en zonas con alta llegada de migrantes y reducir redes de tráfico irregular. En la práctica, sin embargo, estas medidas se sienten en las calles y en las vidas: familias separadas, trabajadores que pierden empleos y comunidades que pierden la humedad social que construyen con residentes extranjeros.

Organizaciones de derechos humanos han sido contundentes. El Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) ha advertido sobre riesgos en materia de debido proceso y protección de personas en situación de vulnerabilidad. El Servicio Jesuita a Migrantes y ACNUR han señalado la necesidad de diferenciar entre migración irregular y solicitudes de protección internacional, recordando que la expulsión apresurada puede dejar a solicitantes de asilo en peligro.

El telón de fondo normativo no es menor. La ley de migración vigente desde 2021 otorga herramientas para expulsiones administrativas, pero también obliga a respetar garantías básicas y a evaluar cada caso individualmente. Críticos del gobierno sostienen que la práctica actual privilegia la rapidez por sobre la revisión exhaustiva, lo que aumenta la posibilidad de errores y de deportaciones de personas con derecho a protección.

En términos prácticos, los vuelos de expulsión representan un costo fiscal y operativo: coordinación policial, logística aérea y seguimiento. Además, las expulsiones masivas pueden empujar a redes irregulares a cambiar de táctica, con más movimientos clandestinos, precariedad y exposición a abusos. Para los barrios que han recibido a migrantes en los últimos años, la política también tiene efecto directo: mercados pequeños pierden clientes y trabajadores informales, mientras que la tensión social puede subir si no se acompaña con políticas de integración.

Desde una posición crítica pero constructiva, especialistas sugieren combinar control fronterizo con vías regulares de ingreso, mayor inversión en procesos administrativos y programas de integración para que la migración no se convierta en una tensión permanente. Transparencia en los números y mecanismos de apelación efectivos son demandas repetidas por el INDH y organizaciones civiles.

El gobierno promete más medidas que incluyen ampliación de expulsiones y controles. La sociedad civil plantea otra pregunta: ¿será posible diseñar políticas que protejan la seguridad ciudadana sin sacrificar derechos básicos ni estigmatizar a comunidades enteras? Mientras eso se discute, las 2.000 expulsiones de 2026 quedan como una cifra que pesa en lo político y en lo humano, y que obliga a un diálogo público informado, con datos claros del Ministerio del Interior y supervisión de organismos como el INDH.

La política migratoria es una encrucijada donde se decide no solo quién entra o sale, sino qué tipo de país queremos construir: uno que cierre fronteras por miedo, o uno que combine control con sentido de justicia y oportunidades.

Con información e imágenes de: France 24