Riesgo de riadas glaciares pone en alerta a 15 millones en Himalaya y Andes

La riada en Nepal expone fallos en prevención mientras el calentamiento acelera el peligro

La riada que sacudió recientemente Nepal no fue un accidente aislado, sino una llamada de atención. Naciones y comunidades que viven a las faldas del Himalaya o en la Cordillera de los Andes comparten una amenaza creciente: los llamados lagos glaciares, depósitos de agua que se forman cuando un glaciar retrocede y queda atrapada detrás de morrenas inestables. Según estimaciones citadas por expertos consultados, alrededor de 15 millones de personas están en riesgo por estos fenómenos.

¿Por qué ocurre ahora con más frecuencia? El calentamiento global ha acelerado el derretimiento de las masas de hielo. Organismos internacionales como el IPCC y el World Glacier Monitoring Service documentan pérdidas sostenidas de masa glaciar en las últimas décadas. Ese agua acumulada, cuando cede la contención natural o sufre un desencadenante —un desprendimiento, lluvia extrema o un sismo—, puede liberar una riada súbita de gran potencia que arrasa laderas, puentes y pueblos.

Para entender el alcance, hablamos con Jesús Revuelto, investigador del Instituto Pirenaico de Ecología del CSIC. Revuelto advierte que el problema combina factores científicos, sociales y políticos: la presencia de lagos inestables, la falta de mapas actualizados y un déficit de inversión en sistemas de vigilancia y alerta temprana. Además, subraya que muchas medidas preventivas conocidas no se aplican por falta de recursos o coordinación entre administraciones.

La experiencia de Nepal lo confirma. Allí, la lluvia de un glaciar puso al descubierto debilidades en la planificación territorial y en los protocolos de evacuación. Lo que perdió la población no fue solo infraestructura; fueron medios de vida, cosechas y, en varios casos, confianza en las instituciones. Esa desprotección es un patrón que reaparece en países andinos con comunidades vinculadas a la agricultura y a la pequeña ganadería, así como en zonas donde la energía hidroeléctrica depende de caudales irregulares.

Las soluciones existen y son complementarias: vigilancia con satélites y estaciones locales, inversión para rebajar el nivel de lagos peligrosos, estabilización de morrenas y, sobre todo, planes de evacuación y alternativas de vivienda para las comunidades más expuestas. Revuelto insiste en que la técnica sin justicia social fracasa: “no sirve hacer obras si las familias no son consultadas, informadas y ayudadas a reubicarse cuando toca”, resume su diagnóstico.

Políticamente la lección es clara y exigente. Mitigar emisiones sigue siendo imprescindible para reducir el ritmo de deshielo, pero la adaptación requiere presupuesto público, cooperación transfronteriza y transparencia en la gestión del riesgo. Los gobiernos deben combinar ciencia, participación ciudadana y políticas sociales que protejan a quienes menos capacidad tienen para adaptarse.

La riada de Nepal debería servir de acicate: no basta con lamentar, hay que invertir en prevención y en comunidades resilientes. Organismos como el IPE-CSIC, junto a centros internacionales, ya ofrecen metodologías y herramientas; falta voluntad política para llevarlas al terreno y proteger a esos 15 millones de personas que hoy viven con el agua al filo de su puerta.

Con información e imágenes de: France 24