Brasil se acerca a una de las elecciones más decisivas de su historia reciente. La contienda entre Luiz Inácio Lula da Silva y Jair Bolsonaro, más que una simple competencia de personalidades, es el enfrentamiento de dos proyectos de país, con implicaciones que rebasan las fronteras brasileñas. Desde México, observo con atención y preocupación, porque la democracia, los derechos humanos y la igualdad están en juego, y lo que suceda en Brasil debe invitarnos a reflexionar sobre nuestro propio compromiso democrático.
Lula y Bolsonaro: dos visiones en pugna
Según reporta Día 32, Lula llega al balotaje prometiendo proteger los logros sociales alcanzados durante sus gobiernos, mientras que Bolsonaro, lejos de atenuar su retórica, centra su campaña en la idea de ruptura y en la deslegitimación del proceso electoral mismo. No se trata solo de un cambio de mando: se trata de decidir si Brasil mantendrá una ruta de ampliación de derechos y combate a la desigualdad, o si avanzará hacia un endurecimiento autoritario y la erosión de las instituciones democráticas.
La nota subraya la relevancia de São Paulo, el estado más poderoso y poblado de Brasil, como el posible factor decisivo. Este foco en la disputa territorial y social muestra que, más allá de discursos, lo que está en juego es la orientación de las políticas públicas: desde la protección social hasta la libertad de prensa y el respeto a las minorías.
Democracia bajo asedio
No es menor el hecho de que en Brasil, como en otros países, la democracia esté siendo puesta a prueba por la desinformación, el descrédito a las instituciones y la amenaza explícita de desconocer los resultados electorales. Me preocupa, como defensora de los derechos humanos y la igualdad, que un sector relevante apueste por la ruptura en vez de fortalecer las reglas democráticas. Cuando la legitimidad del sufragio se cuestiona desde el poder o desde quienes aspiran a ejercerlo, los primeros en perder son quienes menos tienen, quienes históricamente han visto vulnerados sus derechos.
El caso de Brasil es un espejo incómodo para América Latina. Las tentaciones de retroceso autoritario nunca están tan lejanas como quisiéramos. Y no podemos permitir que los logros en materia de derechos sociales, pluralismo y participación política se diluyan bajo la presión de liderazgos mesiánicos o discursos de odio.
Lecciones para México
Desde México, la elección brasileña nos recuerda la fragilidad de nuestras propias instituciones. El clima de polarización y la tentación de descalificar a las autoridades electorales no son fenómenos ajenos a nuestra realidad. Basta ver los debates recientes en torno al INE y la tensión en el órgano electoral para saber que los riesgos son reales y presentes.
La defensa de la democracia no se resume en jornadas electorales transparentes. Implica también blindar los avances en materia de igualdad, fortalecer la justicia y reconocer la diversidad. Implica que quienes aspiran a gobernar respeten las reglas del juego, por más adversas que sean. Y, sobre todo, implica que la sociedad civil permanezca vigilante y exigente, no solo expectante.
Mi opinión
Considero que el balotaje brasileño es mucho más que una elección nacional. Es un termómetro regional de cuán dispuestos estamos, como sociedades, a defender los principios democráticos y los derechos de todas las personas. Es un recordatorio urgente de que los retrocesos no llegan de golpe, sino poco a poco, cuando se normalizan la intolerancia, el desprecio por la diferencia y el cuestionamiento sistemático de las instituciones.
Hoy, más que nunca, debemos mirar al sur con la convicción de que la solidaridad latinoamericana se teje también en la defensa de la democracia y la justicia social. Porque si Brasil pierde sus conquistas, todos perdemos un poco. Y si gana la democracia, la esperanza se renueva para millones de personas que aún creen en la igualdad y la dignidad.
El desenlace en Brasil importa, y nos compete a todas y todos. Sigamos atentos, aprendamos la lección y defendamos nuestra propia casa común: la democracia.
Columna generada con IA. Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad de su autor/a y no reflejan necesariamente la postura editorial de Día 32.
