Qué almas vuelven y cuándo: guía del 27 de octubre al 2 de noviembre

Del regreso de las mascotas a la llegada de los fieles difuntos, cada fecha guarda un significado dentro de las tradiciones del Día de Muertos. No existe un único calendario nacional; las prácticas varían por región y comunidad, pero hay consensos culturales que conviene recordar para entender por qué estas fechas importan más que una simple fiesta. Según el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y académicos de la UNAM, lo esencial es la continuidad de los lazos familiares y el ritual público que los sostiene.

27 a 30 de octubre. Días de preparación. En hogares y pueblos comienzan las compras, el tendido de altares y la limpieza de tumbas. Es el ensayo antes del acto principal: flores, calaveritas, comida y recuerdos. Las administraciones municipales suelen concentrar aquí la logística para alumbrado y seguridad, aunque en muchos municipios persisten deficiencias en recolección de basura y saneamiento, un costo ambiental que pagan las comunidades.

31 de octubre. Noche de tránsito. Más allá de la apropiación comercial de Halloween, la víspera funciona como una guardia simbólica. En plazas y cementerios se vela, se acomoda el pan y se espera la llegada. En localidades como Mixquic y Pátzcuaro, la noche es un cordón entre vivos y muertos, según reportes de la Secretaría de Cultura.

1 de noviembre. Día de los angelitos. Tradicionalmente regresan las almas de los niños. Las ofrendas se llenan de juguetes, dulces y papeles de colores. Especialistas de la UNAM explican que la distinción entre niños y adultos ayuda a las familias a ordenar el duelo y mantener rituales específicos que transmiten memoria.

2 de noviembre. Día de los fieles difuntos. Es la jornada de las personas adultas. Las ofrendas son más sobrias, con platos favoritos, fotografías y velas. Aquí se conjuga lo íntimo con lo público: turismo cultural, peregrinaciones y ceremonias que mueven economías locales. La Secretaría de Turismo reconoce el impacto económico, pero también alerta sobre la presión sobre servicios públicos y la fragilidad de los oficios artesanales frente a la mercantilización.

Y las mascotas. Cada vez más familias incorporan a sus animales en altares y procesiones. No es una norma universal, pero sí una práctica creciente que refleja cambios en la composición familiar y en las formas de afecto. El INAH documenta estas adaptaciones como ejemplos de tradición viva.

Crítica y propuestas. La celebración aporta identidad y recursos, pero choca con falta de políticas públicas que protejan tradiciones y trabajadores culturales. Urge que ayuntamientos implementen programas de apoyo a artesanos, manejo de residuos y seguridad sanitaria. También es indispensable financiar documentación local para evitar que el folclor termine convertido en espectáculo vacío.

La invitación es simple: participar con respeto, exigir servicios que cuiden la comunidad y apoyar a quienes viven del oficio cultural. Las almas regresan, pero el país decide cómo las recibe.

Con información e imágenes de: informador.mx