Por qué crece la devoción a san judas en méxico
La celebración del santo de las causas difíciles congrega a miles cada mes; detrás hay rezos, economías informales y un vacío de políticas públicas
Cada 28 de mes, la Basílica de San Hipólito en la Ciudad de México se convierte en un río humano: filas que avanzan lentamente, imágenes pegadas al pecho, veladoras encendidas y promesas susurradas. Son miles los que buscan una respuesta cuando las instituciones no llegan. Esa acumulación de fe no es un dato aislado: según registros de la Iglesia católica y observaciones de medios como La Jornada, la devoción a San Judas Tadeo ha ganado visibilidad pública y mediática en la última década.
Detrás de la postal religiosa hay causas sociales concretas. La precariedad laboral, la inseguridad y la fragilidad de servicios públicos empujan a amplios sectores a buscar amparo en lo religioso. Datos del INEGI muestran que, en contextos de incertidumbre económica y déficit de redes de apoyo, crece la búsqueda de soluciones fuera del ámbito estatal. La religiosidad funciona así, en muchos casos, como una red de contención emocional y práctica.
En la explanada de la basílica conviven la devoción sincera y una pequeña industria alrededor del santo: vendedores ambulantes, estampas, figuras, pulseras y veladoras. Para quienes llegan sin dinero, la fe se traduce también en redes de ayuda mutua; para otros, en oportunidades comerciales. Esta doble cara —solidaridad ciudadana y comercialización— exige mirar con ojo crítico. No todo lo que rodea a la devoción es puro consuelo, y no todo es explotación: hay un entramado mixto donde el alivio espiritual se combina con supervivencia económica.
La política tampoco es ajena. Políticos locales y candidatos aprovechan las fechas para aparecer junto a feligreses, lo que banaliza la fe y la instrumentaliza para obtener legitimidad electoral. Medios como El País y La Jornada han documentado la presencia habitual de figuras públicas en estas ceremonias, lo que plantea preguntas sobre la separación entre credos y campañas.
La pandemia dejó otra huella: durante 2020 y 2021, cierres y limitaciones aumentaron la percepción de abandono institucional. Ese vacío reforzó prácticas religiosas colectivas cuando otras formas de apoyo social fallaron. Investigadores de la UNAM han señalado que en momentos de crisis crece la necesidad de rituales que devuelvan sentido y comunidad; San Judas encarna esa promesa de “causa difícil” resuelta.
Desde una perspectiva de políticas públicas, la expansión de esta devoción debería leerse como una alerta. No se trata de competir con la fe, sino de reconocer que cuando millones recurren a un santo es porque faltan políticas efectivas en salud mental, empleo, justicia y seguridad. El Estado tiene la opción de escuchar: potenciar servicios sociales, regular espacios públicos para evitar abusos comerciales y garantizar que la libertad religiosa no sirva de cobertura para prácticas que precarizan a quienes ya están en riesgo.
Los feligreses que acuden mes a mes traen historias concretas: pérdidas, deudas, enfermedades, migración. Muchos salen con una estampita y una promesa, otros con la sensación de haber sido escuchados. La devoción a San Judas no desaparecerá porque se prohíba; desaparecerá si mejoran las condiciones materiales que empujan a la gente a buscar respuestas fuera del Estado.
Si hay una lección es clara: la fe es una señal, no un sustituto. Atenderla con políticas públicas dignas sería el gesto más práctico y respetuoso hacia quienes hoy todavía ponen su esperanza en un santo de las causas difíciles.
Fuentes: Iglesia católica, INEGI, La Jornada, Universidad Nacional Autónoma de México.
