La inteligencia artificial acelera la avalancha de basura electrónica que agrava la crisis ambiental

La advertencia llega desde dos frentes: la organización ambientalista Basel Action Network y las Naciones Unidas han puesto el foco en un problema que suele quedar fuera del relato triunfal de la tecnología. La inteligencia artificial, aunque aparece como una entidad intangible de códigos y algoritmos, descansa sobre una infraestructura física voraz en recursos. Esa infraestructura produce residuos: servidores, tarjetas gráficas, baterías y chatarra digital que terminan en vertederos o en manos de recicladores informales.

En diálogo con Camilo Prieto Valderrama, profesor e investigador de la Facultad de Ingeniería de la Pontificia Universidad Javeriana, se confirma que la huella de la IA no es solo eléctrica. «La carrera por modelos más grandes exige más chips, más centros de datos y ciclos de renovación más cortos», explica Prieto. «Eso se traduce en minería para minerales críticos, consumo intensivo de agua para enfriamiento y un aumento del volumen de basura electrónica».

El problema tiene rostro humano. Basel Action Network ha documentado cómo equipos obsoletos viajan desde países ricos hacia regiones con menos capacidad regulatoria, donde se desmontan sin condiciones de seguridad. Las Naciones Unidas, a través del Global E-waste Monitor, viene señalando el aumento sostenido de residuos electrónicos a nivel mundial y la insuficiencia de sistemas de gestión y reciclaje. El resultado son suelos y aguas contaminados, y familias expuestas a metales pesados y sustancias tóxicas.

¿Por qué importa esto en lo cotidiano? Porque la misma nube que usamos para trabajar, estudiar o comprar está sostenida por fábricas y centros de datos que consumen energía y generan residuos que regresan a nuestras comunidades en forma de contaminación, enfermedades y pérdida de recursos. Las comunidades más vulnerables suelen pagar el precio: trabajadores informales sin protección, ríos contaminados y suelos que dejan de ser fértiles.

No se trata de demonizar la tecnología. La inteligencia artificial ofrece beneficios reales en salud, educación y servicios públicos. El problema es la aceleración sin reglas claras. Prieto subraya la necesidad de políticas que obliguen a las empresas a medir y transparentar la huella ambiental de sus modelos, a diseñar equipos con arreglo y reciclaje en mente, y a asumir la responsabilidad ampliada del productor.

Entre las medidas urgentes propuestas por expertos y organizaciones como Basel Action Network están controles más estrictos a la exportación de residuos electrónicos, incentivos para la reparación y la reutilización, estándares de eficiencia energética para centros de datos y planes de reconversión para trabajadores del sector informal. También se exige mayor ambición en la compra pública: si los estados compran tecnología con criterios ambientales, el mercado tenderá a cambiar.

La discusión no es solo técnica sino política. Exigir transparencia a las grandes compañías de tecnología, legislar sobre tiempos máximos de obsolescencia, apoyar iniciativas locales de reciclaje con condiciones laborales dignas y promover investigación para reducir la demanda de materiales críticos son pasos concretos que pueden tomarse hoy.

Si la ambición es no dejar la factura ambiental a las próximas generaciones, la sociedad civil y las instituciones deben actuar al ritmo de la innovación, no detrás de ella. Como recuerda Camilo Prieto, «sin reglas claras, la innovación puede convertirse en una columna más del modelo extractivo tradicional». La elección está abierta: una IA que mejore vidas sin envenenar territorios o una carrera tecnológica que externalice sus daños hacia los más débiles.

Con información e imágenes de: France 24