Reforma de De la Espriella encarece el café mientras reduce la carga fiscal a las empresas
El Gobierno de Abelardo de la Espriella presentó al Congreso un ambicioso paquete de ajuste fiscal que, según el Ministerio de Hacienda, buscará recortar el gasto público en un 15% y aumentar los ingresos mediante cambios tributarios. Pero la propuesta ya despierta críticas: mientras pequeñas tiendas y cafeterías ven el riesgo de subir el precio de la taza de todos los días, grandes empresas se beneficiarían de alivios que, para sus detractores, suenan a trato preferencial.
En palabras del Ministerio de Hacienda, la reforma es “necesaria” para estabilizar las finanzas públicas y preservar programas sociales a largo plazo. Desde la Asociación Nacional de Empresarios (ANDI), los voceros celebran la intención de reducir la carga tributaria corporativa y favorecer la inversión privada. Sin embargo, la Federación Nacional de Cafeteros advierte que cambios en impuestos indirectos y en la estructura de subsidios podrían trasladarse de inmediato al consumidor y a la cadena productiva del café.
Para quien compra una taza de café todos los días, las cifras macro se traducen en algo tangible: más gasto en el presupuesto familiar. Los vendedores de barrio y las cafeterías independientes ya cuentan ejemplos concretos. Una comerciante de la localidad, consultada por este periódico, relata que un alza en insumos y en el IVA sobre ciertos productos de consumo afectaría su margen de ganancia y la obligaría a subir precios o reducir personal.
El plan no es homogéneo: mientras suben algunos impuestos indirectos que afectan el bolsillo, la reforma contempla alivios tributarios para el sector empresarial y estímulos a la inversión, propuestas defendidas por el Gobierno como palancas para el crecimiento económico. El Banco de la República y el Departamento Nacional de Planeación han señalado recientemente, en informes públicos, la necesidad de corregir desequilibrios fiscales, pero también han advertido que las medidas deben calibrarse para no golpear el consumo de los hogares vulnerables.
Los críticos, entre académicos, sindicatos y organizaciones de pequeños productores, piden revisar el diseño. Según la Federación Nacional de Cafeteros, cualquier incremento en impuestos al consumo o la eliminación de exenciones podría reducir la demanda local y afectar a miles de familias campesinas que dependen de las ventas internas y de cadenas cortas de comercialización. Desde sectores progresistas se reclama mayor progresividad: que paguen más los que más tienen, y que la carga no recaiga sobre salarios y microempresas.
El Gobierno responde que los alivios a las empresas buscan fomentar empleo y formalización, y que el recorte del gasto —un 15% anunciado— irá acompañado de auditorías y control del gasto en contrataciones dudosas. No obstante, organizaciones civiles insisten en que el ajuste no puede ser una operación contable fría: la política fiscal también es política social. “No se trata solo de números; se trata de quién paga la cuenta”, dice un economista consultado por este diario.
En el Congreso, la iniciativa enfrentará debates intensos. Diputados de la oposición ya anunciaron que pedirán audiencias públicas con representantes de la Federación Nacional de Cafeteros, cámaras de comercio local y organizaciones de consumidores. El llamado es a replantear medidas que afecten a los más vulnerables y a introducir contrapesos que garanticen transparencia en la reducción del gasto.
Al final, la reforma de De la Espriella coloca sobre la mesa una pregunta básica: ¿cómo equilibrar la necesidad de disciplina fiscal sin sacrificar el poder de compra de las familias ni dar ventajas desproporcionadas a las grandes empresas? El país espera respuestas con datos claros, consultas amplias y, sobre todo, medidas que no aumenten la desigualdad. Mientras tanto, la próxima vez que alguien pida un café en la esquina, puede que pague un poco más por una reforma que, para muchos, parece haber sido diseñada con lupa para los grandes y con regla para los pequeños.
