La juventud puede inclinar la balanza electoral en Israel
A pocas semanas de las elecciones legislativas del 27 de octubre, una generación que vota por primera vez llega marcada por el trauma de octubre de 2023 y por la crisis económica y social que siguió.
El dato alarma y explica: según sondeos citados por Haaretz y The Times of Israel, el voto joven se inclina alrededor del 74% hacia la derecha o el centro-derecha. Esa cifra contrasta con las tendencias europeas y norteamericanas, donde las juventudes suelen girar a la izquierda. Pero los números no caen del cielo; emergen de un cruce de factores que pueden convertir a los menores de 25 en el árbitro inesperado de la próxima legislatura.
En primer lugar, la seguridad. El recuerdo del ataque de Hamás en octubre de 2023 pesa como una sombra sobre quienes hicieron la mili y sobre familias que perdieron o vieron heridos a seres queridos. Medios como Channel 12 y el Israel Democracy Institute han destacado que la percepción de vulnerabilidad empuja a muchos jóvenes hacia opciones que prometen mano dura y orden. Es una reacción humana: ante el miedo, la seguridad gana prioridad sobre otras demandas.
Pero no todo se resume a uniformes y vallas. La crisis económica—alza del coste de la vivienda, precariedad laboral y salarios estancados—convierte la política en un asunto personal. Encuestas del Central Bureau of Statistics y reportes en Haaretz muestran que el acceso a una vivienda digna, el empleo y la salud mental aparecen en la lista de preocupaciones cotidianas de la juventud. Cuando la política falla en resolver estos problemas, la respuesta puede ser tanto la abstención como el giro hacia promesas que parecen más directas, aunque cuestionables en derechos civiles.
Las redes sociales y la comunicación política también cambian el juego. Plataformas digitales segmentadas permiten campañas hiperfocalizadas; mensajes de emergencia, relatos de pérdida y narrativas nacionalistas tienen mayor alcance entre grupos jóvenes. The Times of Israel y análisis de medios locales han documentado cómo partidos de derecha han sabido capitalizar esa capacidad de movilización digital.
Hay además un elemento institucional: la erosión de la confianza en los partidos tradicionales y en las élites. La pulseada por la reforma judicial y las protestas ciudadanas de los últimos años dejaron cicatrices que afectan a la relación entre Estado y jóvenes. Muchos jóvenes buscan alternativas que prometen orden y renovación, pero también hay quienes exigen mayor justicia social y reparación por las fallas institucionales. Esa tensión abre puertas para cambios profundos en el mapa político.
¿Qué está en juego para la vida cotidiana si la balanza se inclina a la derecha? Políticas más restrictivas en seguridad pueden aumentar la sensación de protección inmediata, pero suelen venir acompañadas de recortes en derechos civiles, mayor segregación en la educación y menos inversión pública en bienestar. Para una generación que pide estabilidad y oportunidades, la contradicción es brutal: sentir seguridad pero perder libertades y servicios esenciales.
Como contrapunto, la izquierda y el centro tienen una tarea clara: hablar el idioma de la calle. Invertir en vivienda pública, asegurar empleos decentes, reforzar la salud mental y ofrecer una narrativa creíble de seguridad ligada a derechos y diplomacia. Fuentes como el Israel Democracy Institute señalan que políticas públicas concretas y creíbles pueden recuperar terreno entre jóvenes desencantados.
La lección es simple y dura: votar no es solo elegir a quien promete protecciones, sino decidir qué tipo de sociedad se quiere después de la emergencia. La juventud israelí, con sus miedos y demandas, puede voltear la elección. Pero también puede dejar pasar la oportunidad si la respuesta política se queda en consignas y promesas sin plan.
En los próximos días conviene escuchar más voces jóvenes, contrastar encuestas y seguir reportes de Haaretz, The Times of Israel y el Israel Democracy Institute. Porque en la urna se decidirá, además de gobiernos, qué futuro cotidiano se impone: el de la seguridad a cualquier precio o el de una seguridad que conviva con justicia social y derechos.
