Cómo la Cruz Roja llega donde otros no se atreven

Francisco Moreno explica las tácticas, los límites y las lecciones tras el terremoto del 10 de agosto

El terremoto de 7,4 registrado el 10 de agosto, según el Servicio Geológico Colombiano, dejó municipios aislados por deslizamientos, vías destruidas y redes de comunicación caídas. En medio de ese paisaje de emergencia, la Cruz Roja Colombiana se convirtió en puente, excavadora y plan de contingencia: «fuimos a donde la gente nos necesitaba», relató Francisco Moreno Carrillo, director ejecutivo nacional de la institución, en conversación con este diario.

Moreno describió una operación que combinó experiencia técnica y apuesta por el conocimiento local. «No solo enviamos ambulancias; activamos voluntarios de la región, evaluamos rutas alternativas y coordinamos con autoridades locales y la fuerza pública para abrir corredores humanitarios», explicó. La entidad usó helicópteros cuando las carreteras eran intransitables, desplegó equipos caninos y equipos de búsqueda y rescate urbano, y apoyó con kits de emergencia, agua y atención psicosocial.

El alivio llegó a poblaciones que, hasta entonces, habían sido rechazadas por la falta de acceso o por riesgos de seguridad. Un habitante de uno de esos municipios, que pidió mantener su nombre, contó que las brigadas de la Cruz Roja fueron las primeras en llegar con frazadas y alimentos calientes. «Llegaron con la calma que necesitábamos», dijo, y con eso rescataron más que cuerpos: restituyeron confianza.

No obstante, Moreno y la propia Cruz Roja Colombiana reconocen límites y errores. La institución enfrentó demoras por trámites administrativos para activar recursos, déficit de combustible en zonas remotas y dificultades para mantener cadenas de frío en medicinas. «Pudimos entrar, pero a un costo logístico altísimo. Si el Estado no invierte en infraestructura y en sistemas de respuesta rápida, la sociedad civil terminará cargando siempre con la urgencia», subrayó Moreno.

Además, la coordinación interinstitucional mostró zonas grises: la existencia de múltiples actores (gobiernos locales, Fuerza Pública, Defensa Civil y ONG) sin un mando claro complicó la priorización de rutas y la entrega de ayuda. El resultado: duplicidad en algunos lugares y olvido en otros. «La gente nos preguntaba por qué tardaban otros organismos. Nosotros no tenemos todas las respuestas, pero sabemos que la planificación previa salva vidas», declaró el director.

Desde una mirada crítica de centro-izquierda, la respuesta de la Cruz Roja evidencia dos verdades incómodas. Primera: las organizaciones humanitarias, con voluntariado y experiencia, pueden llegar antes y mejor a comunidades aisladas. Segunda: esa capacidad no debería sustituir la responsabilidad del Estado de garantizar infraestructura, comunicación y logística pública adecuada. La inversión en prevención y en vías terciarias es una política social, no un gasto innecesario.

Moreno propuso cambios concretos: planes integrados de logística en cada departamento, fondos de contingencia accesibles en horas y no en semanas, y capacitación conjunta entre entidades públicas y organizaciones como la Cruz Roja. También pidió mayor transparencia en las rutas de distribución para evitar favoritismos y duplicidades.

La historia de estos días tiene un componente humano que no admite tecnicismos. En lugar de teorías, son vecinos los que cuentan si tuvieron agua, si alguien los atendió de noche o si un voluntario les sostuvo la mano. En ese terreno, la Cruz Roja Colombiana, según su director, marcó la diferencia. Pero las lecciones deberían servir para que la próxima vez no solo sean las ONG las que atraviesen las montañas cuando el Estado se queda en el valle.

Con información e imágenes de: France 24