Estados unidos se apunta al coreano: ‘Las guerreras k-pop’ desatan una fiebre en las aulas
La canción «Golden», de la película Las guerreras k-pop, se convirtió en el puente: millones la tararean, y cada vez más estadounidenses quieren aprender hangul y la lengua detrás del fenómeno.
La ola cultural surcoreana —la llamada hallyu— no sólo llena estadios y plataformas de streaming; ahora llena aulas. La canción «Golden», que suena en toda la red tras su aparición en la película Las guerreras k-pop y que, según el material de referencia, se llevó un Grammy el pasado fin de semana, ha lanzado una curiosa reacción en cadena: personas de todo el país buscan saber qué dicen esas estrofas en coreano y deciden estudiar el idioma.
Los números respalden la fiebre. Entre los datos más reveladores:
- Duolingo reportó un aumento del 22% en estudiantes de coreano en Estados Unidos en un año.
- La Asociación de Lenguas Modernas registró que, entre 2016 y 2021, las inscripciones en cursos extranjeros bajaron 16% en general, pero el coreano subió un 38%, el mayor incremento entre todas las lenguas.
- La película Las guerreras k-pop es, según las cifras aportadas, la más vista en Netflix con más de 325.1 millones de reproducciones; su tema central se ha convertido en himno de TikTok y YouTube.
“El coreano ahora es algo cool”, dice Joowon Suh, directora del programa de lengua coreana en la Universidad de Columbia. Y esa ‘coolness’ se traduce en demanda tangible: universidades de California a Arkansas están ampliando cupos, y centros como el Korean American Center en Irvine admiten que “solo estamos limitados por nuestra propia capacidad”, según Tammy Kim, su directora ejecutiva.
Detrás de la estadística hay historias cotidianas: Brecken Hipp, empleado de la industria de videojuegos en Irvine, empezó a estudiar coreano por frustración con subtítulos mientras veía un concurso coreano; ahora le dedica seis a ocho horas semanales. Amber Guidry, de Seattle, compró en H Mart, cocina tteokbokki y planea su primer viaje a Seúl tras aprender la lengua dos años. Max Abrams, creador de contenido, se mudó a Seúl y puede sorprender a locales hablando coreano con fluidez; su experiencia también recuerda un límite real: las trabas de visado y las barreras laborales.
Pero no todo es sencillo. El núcleo del problema es que aprender hangul puede ser rápido —muchos elogian su lógica y afirman que el alfabeto se aprende en horas—, pero alcanzar fluidez es una carrera de fondo. El Departamento de Estado clasifica el coreano entre los idiomas más difíciles para angloparlantes, por su sintaxis, honoríficos y cambios según la relación entre hablantes. Profesores y directores académicos alertan sobre altas tasas de abandono en niveles avanzados: aprender frases para cantar es distinto a entender una entrevista o negociar un contrato.
También emergen debates culturales. Algunos estudiantes rechazan el estereotipo del “koreaboo” —obsesión superficial por la cultura coreana— y buscan una inmersión respetuosa; otros flirtean con la apropiación sin contexto histórico ni político. Andy Ko, estudiante universitario que emigró de Corea del Sur, relata cómo pasó de ser objeto de burla a sentirse orgulloso al ver que el idioma gana respeto entre compañeros.
Desde la perspectiva educativa y de políticas públicas, el fenómeno ofrece oportunidades y retos claros:
- Oportunidad: fortalecer programas universitarios y comunitarios para convertir el interés popular en competencias reales que favorezcan movilidad académica y relaciones culturales.
- Reto: garantizar continuidad en la enseñanza avanzada, formación de docentes y financiación para que el impulso inicial no se volatilice.
- Reto diplomático-laboral: abordar restricciones de visado y barreras profesionales que limitan a quienes quieren vivir o trabajar en Corea del Sur.
Las voces que enseñan y aprenden piden realismo. “Tienes que practicar la gramática, el vocabulario, todos los días para mantenerte en el camino correcto”, dice Lisa Hunt, estudiante de Brown que lleva cinco semestres de estudio. Profesores como Bob Huh, de Eleanor Roosevelt High School en Maryland, celebran la diversidad de su alumnado —muchos son negros y latinos— y confiesan su sorpresa al escuchar a estudiantes con jerga k-pop más afilada que la suya.
En definitiva, el fenómeno de Las guerreras k-pop funciona como un megáfono cultural: acerca a millones al idioma y empuja a instituciones a reaccionar. Pero convertir una moda en una habilidad útil exige inversión sostenida, políticas educativas ágiles y sensibilidad cultural. La ola hallyu puede ser una puerta; si la sociedad y las instituciones la cuidan, puede abrir muchas más.
Fuentes y referencias: datos publicados por Duolingo, informe de la Asociación de Lenguas Modernas (MLA), declaraciones de responsables universitarios (Columbia, UC Berkeley) y testimonios de estudiantes y docentes recogidos en el resumen informativo.
