El Tren Maya: la joya que nadie aborda

La promesa era grande: un tren que recorrería 1.500 kilómetros, atravesando cinco estados del sureste mexicano, para ser el motor del desarrollo, el gran imán turístico y el puente que conectaría a las comunidades. El Tren Maya, la obra cumbre del sexenio pasado, prometía revertir un atraso histórico y detonar la economía. Pero a un año de su inauguración completa, la realidad parece muy distante de las expectativas.

Los vagones circulan, en muchos tramos, casi vacíos. En las estaciones, el silencio es roto por el murmullo de los guardias nacionales y el personal de limpieza, más numerosos, en ocasiones, que los propios viajeros. Un reporte interno del Fondo Nacional de Fomento al Turismo, al que este periódico ha tenido acceso, estimaba en 74.000 las personas que utilizarían el tren diariamente en su primer año de operación. Las cifras oficiales hablan de un promedio de 3.200 pasajeros al día, apenas un 5% de lo proyectado.

Entre la opulencia y la soledad

Es una paradoja que duele. Por un lado, el Tren Maya representa una inversión millonaria, una infraestructura moderna y, en teoría, un atractivo turístico de primer nivel. Por otro, la falta de conexión con las necesidades reales de los pobladores y una estrategia de promoción que no ha calado hondo, lo han convertido en un gigante dormido. Pareciera que, a pesar de su imponente presencia, la vida cotidiana de quienes habitan las zonas por donde pasa no ha experimentado el revuelo esperado.

Los turistas, por su parte, parecen optar por rutas más tradicionales o por medios de transporte que, aunque menos vistosos, son más prácticos y económicos para sus itinerarios. El encanto de la novedad se desvanece cuando la experiencia no se traduce en un beneficio tangible, ya sea en tiempo, costo o comodidad.

¿Qué dicen los viajeros y los locales?

Las voces de quienes sí se aventuran a subir al Tren Maya o viven en sus inmediaciones pintan un cuadro de desconcierto. «La verdad, esperaba más gente. Pensé que sería una locura de turistas, pero está muy tranquilo», comenta Ana, una visitante de la Ciudad de México que abordó el tren en Cancún. «Es bonito, sí, pero no sé si vale la pena el costo para trayectos cortos», añade.

En las comunidades cercanas a las estaciones, el sentimiento es similar. «Vemos pasar el tren, y sí, es una obra importante, pero no vemos que haya cambiado mucho nuestra vida», explica Don Roberto, un artesano de Mérida. «Esperábamos que llegaran más turistas a comprar nuestras artesanías, que se abrieran más empleos, pero hasta ahora, todo sigue igual».

Las cifras hablan por sí solas

La brecha entre la proyección y la realidad es abismal. Pasemos a revisar algunos datos clave:

Proyección diaria (primer año) Realidad diaria (promedio) Porcentaje de cumplimiento
74.000 pasajeros 3.200 pasajeros 5%

Estos números no mienten. Reflejan un desfase considerable entre la inversión y el retorno en términos de movilización de personas. ¿Son las tarifas el problema? ¿La falta de conectividad con otros puntos de interés? ¿La difusión de la oferta turística?

Retos y el camino por delante

El Tren Maya no es solo una obra de infraestructura; es una apuesta de país. Ignorar las cifras y las voces de la gente sería un error. Es momento de sentarse a analizar qué está fallando y, sobre todo, de escuchar. ¿Cómo podemos hacer que este tren sea verdaderamente un motor de desarrollo? ¿Cómo podemos conectar mejor a las comunidades y al turismo de manera sostenible?

La pregunta clave no es si el Tren Maya es bonito o moderno, sino si está cumpliendo su misión. Y por ahora, la respuesta parece ser un rotundo «no». Es un llamado a la reflexión, a la autocrítica institucional y a la búsqueda de estrategias que pongan a este coloso en movimiento, no solo en las vías, sino en la vida de las personas que soñaron con él.

Con información e imágenes de: elpais.com