Árabes, sobres y reparto de poder: así se decide el nuevo Israel

Las urnas cerraron, pero la política israelí no conoce el silencio. Lo que queda por contar puede cambiar el mapa del poder: los llamados «sobres dobles», que incluyen los votos de militares, personal sanitario, diplomáticos y ciudadanos fuera del país, suponen cerca del 10% del electorado y suelen inclinar la balanza en escaños muy disputados. Así lo recuerda el Comité Central de Elecciones de Israel y lo han documentado medios como Haaretz y la BBC en procesos anteriores.

En paralelo, la elevada movilización de votantes árabes fortaleció a la Lista Unida, la coalición que agrupa a buena parte de la ciudadanía palestina con pasaporte israelí. Su ascenso no es solo simbólico: en un parlamento fragmentado, esos escaños pueden convertir a la Lista Unida en árbitro de coaliciones, ya sea para facilitar una alternativa al primer ministro Benjamin Netanyahu o para condicionar acuerdos sobre políticas sociales y derechos civiles. The New York Times y Al Jazeera han señalado que ese empuje complica las posibilidades de Netanyahu de alcanzar una mayoría cómoda.

Los sobres dobles se cuentan después de las papeletas ordinarias y en elecciones previas han modificado resultados apretados. Por eso, partidos y analistas siguen con lupa cada envío desde bases militares y consulados. El Instituto Israelí de Democracia ha advertido sobre la necesidad de transparencia y protocolos claros para evitar disputas que erosiones la confianza ciudadana.

¿Qué está en juego en términos prácticos para la gente? Si la coalición que logre domar los números inclina hacia la derecha, las prioridades podrían ser la ampliación de asentamientos, reformas judiciales para apuntalar mayorías y recortes en programas sociales. Si, por el contrario, la negociación permite introducir demandas de la Lista Unida y partidos de centro, podría abrirse espacio para inversiones en educación, salud y vivienda en comunidades árabes y periféricas, además de medidas contra la discriminación que llevan años reclamándose.

No es una ecuación automática. Parte del problema es político: varios partidos de la derecha han prometido nunca sentarse en un gobierno apoyado por fuerzas árabes, lo que limita las opciones de coalición aunque las matemáticas parlamentarias lo permitan. Al mismo tiempo, sectores de la izquierda y del centro deben sopesar si aceptar apoyos externos sin responsables ministeriales reales es viable para impulsar cambios concretos.

En términos ciudadanos, el mensaje es claro. Un voto cuenta el día de las elecciones, pero el tramo final lo marcan mecanismos menos visibles: los sobres, las delegaciones en el extranjero y la capacidad de los partidos para negociar. Como recuerdan análisis de Haaretz y el Centro de Estudios israelíes, la transparencia en el recuento y la responsabilidad pública de los partidos son condiciones mínimas para que el resultado legítimo se traduzca en políticas que mejoren la vida diaria.

Que la decisión la tomen unos pocos sobres o una ola de votos árabes, el reto para la sociedad israelí es parecido: convertir la fragmentación en política pública efectiva que garantice seguridad, derechos y servicios. La pregunta no es solo quién consigue la llave del gobierno, sino qué harán con ella para reparar desigualdades que afectan a millones.

Mientras tanto, los ojos siguen puestos en las mesas de conteo y en los despachos donde se negocian pactos. La democracia funciona también en esos instantes silenciosos en los que se abren sobres y se trazan acuerdos. La ciudadanía, como muestran los informes de prensa y los expertos, debe exigir claridad y responsabilidad. Así se escribe, al final, el próximo capítulo de Israel.

Con información e imágenes de: France 24