Oaxaca vive el día de muertos entre fiesta, color y desafíos
El gobernador Salomón Jara invitó esta semana a «vivir la tradición de Día de Muertos en el corazón cultural, lingüístico y gastronómico de México», según informó el Gobierno de Oaxaca. La postal que ofrece la capital y sus valles es, en efecto, un estallido de flores de cempasúchil, altares domésticos y mesas repletas de mole y pan de yema. Pero detrás del color hay tensiones que conviene mirar con detenimiento.
La celebración, incluida por la UNESCO en la Lista del Patrimonio Cultural Inmaterial, articula a comunidades zapotecas, mixtecas, mazatecas y más de una decena de lenguas originarias que mantienen ritos diversos: panteones abiertos, comparsas y ofrendas que dialogan con el recuerdo. La Secretaría de Cultura y la Secretaría de Turismo de Oaxaca promueven recorridos y festejos, y el flujo de visitantes fortalece ingresos para artesanos y cocineras tradicionales.
Sin embargo, la llegada masiva de turistas presiona servicios básicos y transforma la lógica del mercado. Artesanos consultados en el centro histórico dicen que, aunque aumenta la demanda, los márgenes se reducen por intermediarios y costos de materia prima. En barrios donde las familias acostumbran montar altares, algunos vecinos señalan que la comercialización despoja a la fiesta de su sentido comunitario y la convierte en espectáculo.
La administración estatal presume programas de apoyo para promoción cultural; no obstante, organizaciones locales y académicos ligados al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) advierten que los apoyos no siempre llegan de manera equitativa a las comunidades rurales. El reto es combinar turismo con políticas que protejan saberes, lenguas y prácticas.
Otra fractura visible es la infraestructura: panteones con caminos en mal estado, recolección de residuos insuficiente durante picos de afluencia y falta de señalización que afecta a visitantes y a familias que acuden desde municipios remotos. En 2023 la Secretaría de Turismo de Oaxaca reportó aumentos en la ocupación hotelera, pero las inversiones en servicios públicos siguen siendo desiguales entre distrito centro y las agencias rurales.
En lo sanitario y ambiental también hay cuentas pendientes. El uso masivo de velas, floreros de plástico y empaques genera una huella tangible en espacios patrimoniales. ONG locales proponen campañas de manejo de residuos y protocolos para evitar daños en cementerios históricos, una idea que podría financiarse a través de fondos de cultura y turismo ligados al estado.
La gastronomía, que Salomón Jara destaca como motor cultural, es uno de los puntos más sólidos: mercados como el de Tlacolula multiplican sus ventas durante la temporada, y el mezcal sigue siendo un producto que atrae visitantes. Proteger la trazabilidad de productos y fortalecer cooperativas podría mejorar los beneficios para las familias.
El Día de Muertos en Oaxaca sigue siendo, para muchos, una experiencia íntima y colectiva: altares que cuentan historias familiares, niños aprendiendo rezos en lenguas originarias, vecindarios que se organizan para limpiar panteones. Pero para que la fiesta sostenga su riqueza se necesita más que invitaciones oficiales: hacen falta políticas públicas que acompañen a las comunidades, regulen el turismo sin asfixiarlo y garanticen recursos para la cultura.
Si la invitación del Gobierno de Oaxaca recibe respuesta masiva, el desafío será convertir esa atención en proyectos concretos: apoyo directo a artesanos, campañas de manejo de residuos, inversión en caminos rurales y programas de fortalecimiento lingüístico. La fiesta es un patrimonio vivo; cuidarla exige actuar con respeto y equidad, no solo con propaganda.
