Familias nepalíes usan el ADN para identificar a las víctimas tras la avalancha
Katmandú. Más de una semana después de la riada y la avalancha que arrasaron comunidades en el Himalaya, familiares de las personas desaparecidas se agolpan en centros de recogida de muestras de ADN con la esperanza de recuperar los restos y cerrar un duelo que el Estado no ha logrado gestionar con rapidez.
En los puntos habilitados por el Ministerio del Interior de Nepal y la Cruz Roja Nepalí, las colas se mezclan con el ruido de los helicópteros que aterrizan y despegan. Mujeres y hombres entregan saliva o una muestra de sangre, describen a su pariente y esperan comparaciones que tardan días, cuando no semanas. Para muchos, la prueba genética es la última alternativa frente a la imposibilidad de recuperar cuerpos enteros en un terreno que sigue inestable.
El uso del ADN permite cotejar restos fragmentarios con familiares directos. No es magia, es ciencia forense básica, pero depende de capacidad logística. Según fuentes del Ministerio, la identificación está retrasada por la falta de laboratorios móviles, equipos de refrigeración y personal especializado. La Cruz Roja Nepalí ha pedido apoyo internacional para acelerar los análisis, según declaraciones ofrecidas a los equipos de emergencia.
La escena recuerda a una metáfora sencilla: buscar una aguja en un pajar mientras el pajar sigue ardiendo. Las familias sufren no solo la pérdida sino también la incertidumbre, los costos de desplazamiento y el tiempo perdido esperando documentos y resultados. «Vine desde una aldea a ocho horas», dijo una mujer que esperaba en el centro de muestras, y su voz resumía la fatiga de quienes han tenido que asumir labores que, en países con mejor preparación, ejecutarían las autoridades.
El episodio pone en evidencia fallos estructurales. Nepal es un país acostumbrado a desastres naturales, pero la capacidad pública para una respuesta forense rápida sigue siendo limitada. Experts consultados por este diario señalan que una política pública eficaz exige inversión en registros civiles, bancos de ADN con protocolos claros y laboratorios regionales. Sin estas piezas, la identificación queda a merced de la buena voluntad de ONG y de la ayuda internacional.
Hay avances: el Ministerio asegura que se han enviado kits de recogida y que equipos forenses de ciudades cercanas están apoyando la tarea. La Cruz Roja y otras organizaciones han establecido protocolos para priorizar casos de mayor vulnerabilidad. Pero las autoridades también deben aceptar que la respuesta tuvo errores de coordinación y que la prevención requiere cambios a largo plazo.
Más allá de la técnica, la gestión pública tiene un componente humano. Facilitar transporte para los familiares, garantizar transparencia en los procesos de identificación y ofrecer apoyo psicológico son medidas de bajo costo y alto impacto. Organizaciones como la ONU y agencias humanitarias, según fuentes en el terreno, ya han ofrecido asistencia técnica que debería ser aprovechada con rapidez.
Mientras tanto, en los centros de recogida, las familias esperan. El ADN les da una posibilidad tangible, pero también pone sobre la mesa una pregunta política: ¿por qué en un país expuesto a tragedias naturales la maquinaria del Estado tarda tanto en restituir lo básico, que es decir quién murió y permitir enterrar a los muertos?
La respuesta requiere recursos, pero también voluntad. Si el gobierno de Nepal asume el reto con transparencia y apoyo internacional coordinado, las pruebas genéticas podrán convertirse en una herramienta de justicia y dignidad. Si no, estas colas seguirán siendo el símbolo de una respuesta incompleta.
Fuentes: Ministerio del Interior de Nepal; Cruz Roja Nepalí; testimonios recogidos en los centros de recogida de ADN.
