El niño arrastra a Latinoamérica entre sequía, inundaciones y crisis alimentaria

Por corresponsal especializado

El fenómeno de El Niño está golpeando con fuerza a gran parte de América Latina. Desde el sur de México hasta el centro de Chile se registran olas de calor, sequías prolongadas en el llamado corredor seco de Honduras, El Salvador y Nicaragua, y episodios de lluvias e inundaciones en la costa pacífica y en sectores andinos. Organismos internacionales como la NOAA y la OMM mantienen alertas por anomalías térmicas en el Pacífico que explican estos patrones extremos.

En el corredor seco, pequeñas agricultoras y agricultores ven perder siembras de maíz y frijol por meses sin lluvia. «El surcalle se nos quedó sin grano», cuenta María, productora de maíz en una comunidad de Honduras; su voz resume la realidad: menos alimento en casa, menos venta en el mercado, mayor dependencia de ayuda. La FAO y la CEPAL han advertido sobre riesgos crecientes para la seguridad alimentaria y el aumento de la vulnerabilidad de los hogares rurales si las políticas públicas no actúan con rapidez.

Al mismo tiempo, en regiones costeras y en cuencas que deberían recibir lluvias de temporada, las precipitaciones han caído con intensidad variable: en algunos valles se rompen diques y caminos tras tormentas concentradas; en otros, las represas bajan sus niveles y la generación hidroeléctrica y el suministro urbano se tensionan. Sociedades enteras sienten el choque: encarecimiento de alimentos, cortes de agua, riesgos sanitarios y desplazamientos internos.

La respuesta institucional es desigual. Algunos gobiernos han declarado emergencias y activado fondos de contingencia; otros han tardado en articular ayudas focalizadas a pequeños productores. Hay avances: programas de transferencias condicionadas y redes de protección social ayudan a amortiguar el golpe en barrios urbanos. Pero persisten errores que la prensa no puede soslayar: planificación territorial insuficiente, infraestructura hídrica obsoleta y esquemas de apoyo que favorecen a agronegocios en detrimento de agricultores familiares.

Desde una mirada crítica pero constructiva, la lección es clara. No basta con declarar alertas: hace falta inversión en sistemas de alerta temprana locales, en almacenamiento de agua, en seguros agrícolas accesibles y en extensión técnica para diversificar cultivos. La reforestación, la recuperación de suelos y la gestión participativa de cuencas son políticas con impacto directo en la vida cotidiana de la gente.

Organizaciones humanitarias como la Cruz Roja y ONG como Oxfam piden fortalecer la coordinación entre gobiernos y comunidades para evitar que las emergencias climáticas se conviertan en crisis sociales prolongadas. Los expertos consultados por este diario insisten en que la adaptación no es un gasto sino una inversión: proteger pequeños medios de vida reduce migración forzada, preserva mercados locales y baja la factura fiscal a largo plazo.

El Niño no es un fenómeno que se negocia: es un desafío que revela desigualdades. Las políticas públicas pueden amortiguar o agravar el impacto. La pregunta que queda en la mesa es si los gobiernos latinoamericanos aprovecharán esta emergencia para cambiar prioridades o si volverán a responder con parches. Mientras tanto, en pueblos y ciudades, personas como María siguen contando pérdidas y buscando alternativas para la próxima siembra.

Con información e imágenes de: France 24