Grito 2026: ausencias que reavivaron el debate sobre la memoria nacional

La Presidenta Claudia Sheinbaum modificó las arengas patrias en su segundo año de gobierno para dar paso a nuevos personajes históricos, según reportes de La Jornada y El País. Lo que en un principio fue celebrado por sectores progresistas —por incorporar a mujeres, líderes indígenas y luchadores sociales tradicionalmente marginalizados— encendió también una discusión pública sobre quiénes quedaron fuera del relato oficial.

En el acto de Plaza de la Constitución, el gobierno puso el acento en figuras vinculadas a movimientos sociales, derechos de las mujeres y resistencia indígena. Esa reconfiguración busca reconocer historias invisibilizadas, algo que especialistas en memoria histórica y colectivos feministas celebran, según entrevistas recogidas por este diario. Sin embargo, la nueva lista presentó vacíos que no son inocuos: la omisión de ciertos personajes del periodo posrevolucionario y de representantes de la llamada “vieja política” fue interpretada por la oposición como una lectura selectiva del pasado, reportaron Reforma y El Universal.

La ausencia más comentada no fue tanto un nombre puntual como un conjunto: ex gobernantes y líderes militares que consolidaron al Estado mexicano en el siglo XX aparecen relegados en las arengas. Para sectores conservadores, eso equivale a borrar episodios clave de la formación institucional del país. Para académicos consultados por este medio, citando análisis de investigadores del El Colegio de México, la disputa revela un choque de interpretaciones sobre qué es “memoria pública” y quién tiene la autoridad para reescribirla.

El efecto político es inmediato. En elecciones y en la esfera pública, los símbolos importan: los nombres que se pronuncian —y los que se omiten— ayudan a legitimar proyectos políticos. La presidenta, al privilegiosar figuras de la izquierda social, amplía su base identitaria pero también alimenta el discurso de quienes acusan al gobierno de instrumentalizar la historia para confrontar a la oposición. La respuesta de dirigentes del PAN y del PRI, según consignaron medios nacionales, fue tajante: ven una confrontación simbólica que puede profundizar la polarización.

Desde la sociedad civil, la lectura es más matizada. Organizaciones de memoria histórica y colectivos feministas celebran la visibilidad de mujeres y pueblos originarios, pero critican la falta de procesos consultivos amplios. “Reconocer es importante, pero no basta con sustituir nombres; hace falta contextualizar, educar y abrir espacios participativos”, comentó un investigador del área de historia contemporánea a este periódico.

También hay efectos culturales. Instituciones como la Secretaría de Cultura y el INAH enfrentan ahora demandas por producir materiales didácticos que expliquen las razones del cambio y eviten narrativas reduccionistas. Sin una estrategia pública de acompañamiento, advierten especialistas, los cambios simbólicos corren el riesgo de quedar como gestos efímeros que no transforman la enseñanza ni la comprensión ciudadana sobre el pasado.

Al final, el Grito 2026 dejó dos lecciones claras: la primera, que la memoria oficial puede y debe ampliarse para incluir voces históricamente silenciadas; la segunda, que cualquier reescritura del relato nacional necesita procedimientos abiertos y explicaciones públicas para no convertirse en un instrumento político más. Ese equilibrio será la prueba de fuego para que el cambio simbólico se traduzca en educación cívica y cohesión social, y no solo en un terreno de disputa entre partidos.

Fuentes: La Jornada, El País, Reforma, El Universal y análisis académicos del El Colegio de México.

Con información e imágenes de: informador.mx