Glaciares en retroceso: los Andes frente al riesgo de riadas repentinas

La emergencia en Nepal volvió a encender las alarmas: si allá una lengua de hielo cedió con consecuencias trágicas, acá en la cordillera los científicos advierten que la historia puede repetirse. El retroceso de los glaciares, potenciado por el calentamiento global, no es solo una estadística; es una bomba de agua que se forma por años encima de las comunidades andinas.

Según el Informe del IPCC, la pérdida de masa glaciar se ha acelerado en las últimas décadas. En Chile, el Sernageomin y el Observatorio de Glaciares de la Universidad de Chile han señalado que la formación y expansión de lagunas glaciares aumenta la probabilidad de desbordes súbitos —los llamados aluviones o GLOF (glacial lake outburst floods)— que pueden arrasar valles enteros en cuestión de minutos.

Imaginemos el glaciar como una esponja y un dique a la vez: cuando se derrite, acumula agua en depresiones que quedan detrás del hielo. Si ese «dique» se rompe por un desprendimiento, por lluvia intensa o por el colapso de permafrost, el agua baja con fuerza imposible de contener por caminos, cultivos y viviendas. Eso ya ocurrió en Nepal y es una posibilidad real en sectores del norte y centro de los Andes, especialmente donde hay vías y asentamientos próximos a cauces glaciares.

No se trata solo de fenómenos naturales. Las políticas públicas y la planificación territorial juegan un rol decisivo. En varios casos, labores insuficientes de monitoreo, falta de sistemas de alerta locales y obras públicas que no consideran escenarios de cambio climático aumentan la vulnerabilidad. Así lo han puesto en evidencia investigaciones y reportes de universidades y de organismos oficiales como Sernageomin.

Hay avances: estaciones de telemetría, modelaciones hidrológicas y mapas de riesgo están en desarrollo, y la NASA ha aportado con imágenes satelitales que permiten identificar lagunas potencialmente peligrosas. Pero esos recursos muchas veces no llegan a tiempo ni de forma equitativa a las comunas rurales. Mientras tanto, familias y agricultores quedan expuestos a una amenaza que no es remota ni abstracta.

Una política pública responsable debe combinar inversión en monitoreo permanente, protocolos de evacuación diseñados con las comunidades y regulación que impida la ocupación de zonas de riesgo. También es imprescindible financiar soluciones verdes y adaptativas: restauración de cuencas, manejo del agua y educación comunitaria para reconocer señales de peligro.

Desde la mirada crítica que exige transparencia y justicia social, los responsables —ministerios, servicios públicos y municipalidades— no pueden delegar la protección en el voluntarismo. El costo humano y económico de una riada es mucho mayor que el de prevenirla. La advertencia de los geólogos no es una predicción fatalista: es una llamada a actuar ahora, con datos y con participación ciudadana, antes de que otra tragedia demuestre lo que ya anuncian los científicos.

Fuentes: Sernageomin, IPCC (AR6), Observatorio de Glaciares de la Universidad de Chile y análisis de imágenes satelitales de la NASA.

Con información e imágenes de: France 24