La tecnología desbanca al auto: exportaciones mexicanas se disparan 148% y muestran una oportunidad con trampa
Las exportaciones tecnológicas de México crecieron 148% en el último periodo, según un informe de la firma suiza UBS, y por primera vez le quitan protagonismo al vehículo como motor del comercio exterior. Es una noticia que promete empleos y divisas, pero que al mismo tiempo desnuda una fragilidad: el 95% de los insumos del sector siguen siendo importados, dice UBS, lo que convierte el avance en una victoria dependiente.
Detrás del número hay causas claras: la ola de relocalización industrial hacia América del Norte, la demanda estadounidense de equipos electrónicos y la capacidad logística de zonas fronterizas han atraído inversión y ensamblaje. A nivel macro, UBS atribuye a la tecnología más de la mitad del crecimiento económico reciente. Datos oficiales y registros de comercio confirman que el sector electrónico y de componentes viene escalando posiciones frente a la tradicional maquinaria automotriz que dominaba las exportaciones mexicanas.
Pero aquí está el nudo. Que las cifras suban no significa que la cadena de valor esté en manos locales. Si casi todo lo que se exporta entra en forma de insumos importados, el país deja en el extranjero el grueso del valor agregado: diseño, semiconductores, materiales críticos. Es como vender café tostado pero comprar el grano ya molido fuera; ganas volumen, pero pierdes margen y control.
El efecto en la vida cotidiana es doble. Por un lado, comunidades fronterizas y zonas industriales ven oferta de empleo y mayor movimiento económico. Por otro, la dependencia tecnológica y de piezas importadas deja al país expuesto a choques globales y limita la mejora sostenida de salarios y capacidades técnicas. Además, la escasa localización de proveedores nacionales reduce la multiplicación de empleos indirectos.
¿Qué explica esta brecha? En parte la estrategia de “maquila” que privilegia la instalación de líneas de ensamblaje sobre la creación de cadenas productivas locales. En parte la falta de inversión pública sostenida en investigación y formación técnica, y en parte la ausencia de políticas industriales que condicionen los incentivos a la generación de contenido nacional.
La lectura crítica no es derrotista. El crecimiento tecnológico abre una ventana para construir industria con mayor valor agregado. El informe de UBS funciona aquí como alarma y oportunidad: hay que convertir el boom de exportaciones en política industrial. México necesita, entre otras cosas, programas públicos-privados para fomentar proveedores locales, fondos para innovación aplicada en universidades y centros tecnológicos, incentivos que no solo atraigan ensamblaje sino diseño y producción de componentes, y mecanismos para garantizar condiciones laborales y ambientales dignas.
Si no se actúa, el país puede quedarse como proveedor de ensamblaje barato: cifras de riqueza externa con pocos beneficios internos sostenibles. Si se actúa, la explosión del 148% puede transformarse en una industrialización más justa y resistente, capaz de retener conocimiento y dignificar empleos.
Es imprescindible que el gobierno federal, los gobiernos estatales, las empresas y la academia discutan con datos —INEGI, Banco de México y UBS entre ellos— cómo pasar de exportar volumen a producir valor. La política pública tiene que ser clara: fomentar el encadenamiento productivo, formar técnicos y exigir reglas que eviten la precariedad.
El crecimiento está ahí; la pregunta es si México lo aprovecha para dejar de ser sólo plataforma y empezar a construir su propio tejido tecnológico. Como advierte UBS, el dinamismo existe, pero sin insumos locales y sin una estrategia industrial sólida la bonanza puede ser efímera.
