La travestiada: una nueva luz sobre las historias silenciadas del baile de los 41
En el corazón de la historia de la diversidad sexogenérica en México, un nombre ha resonado con fuerza recientemente: La travestiada, la novela de Yobaín Vázquez Bailón. Galardonada con el prestigioso Premio José Revueltas 2023, esta obra no es solo un reconocimiento literario, sino un acto de justicia narrativa que busca iluminar las vidas y el contexto de aquellas figuras que la historia oficial, durante mucho tiempo, relegó a la sombra del escándalo. La publicación de esta novela marca un hito importante, trayendo a la luz la complejidad humana detrás de uno de los episodios más infames y definitorios para la comunidad LGBTQ+ en el país: el Baile de los 41.
Hace más de un siglo, en la noche del 17 de noviembre de 1901, la sociedad porfiriana de la Ciudad de México fue sacudida por un acontecimiento que trascendería el mero suceso social para convertirse en un mito fundacional. En una redada policial a una fiesta privada, cuarenta y dos hombres fueron arrestados. Lo que escandalizó a la alta sociedad no fue solo la homosexualidad de los asistentes, sino el hecho de que diecinueve de ellos, las «travestis» o «invertidos», estaban ataviados con vestidos de mujer. Este suceso, conocido popularmente como el Baile de los 41 –porque el número cuarenta y dos fue discretamente omitido debido a la presunta presencia del yerno del entonces presidente Porfirio Díaz, Ignacio de la Torre y Mier–, marcó con fuego la conciencia colectiva sobre la homosexualidad en México, convirtiendo el número 41 en un eufemismo y un estigma.
La narrativa dominante de aquel entonces, y por muchas décadas después, se centró en el morbo, la humillación y la condena. Los hombres fueron expuestos públicamente, algunos fueron obligados a realizar trabajos forzados e incluso se les envió a campos de reeducación en Yucatán. Sus identidades fueron reveladas en la prensa amarillista, sus familias deshonradas y sus vidas destrozadas. Sin embargo, la historia rara vez se detuvo a considerar la humanidad de estos individuos: sus deseos, sus miedos, sus esperanzas, y el contexto social que los llevó a buscar espacios de libertad y expresión, incluso si eso significaba desafiar las férreas normas de la época.
Es precisamente aquí donde la novela de Yobaín Vázquez Bailón se alza como una herramienta poderosa de relectura histórica. La travestiada se propone devolver la dignidad y la voz a las doce «travestis» –un término que en aquel entonces englobaba a hombres que se vestían con atuendos femeninos, sin necesariamente implicar una identidad de género actual– que fueron el centro de la atención y la burla pública. A través de una investigación profunda y una pluma sensible, Vázquez Bailón reconstruye sus posibles vidas, sus motivaciones y la valentía implícita en su acto de desobediencia social. Ya no son meros «invertidos» o figuras caricaturescas, sino personas con complejidades, afectos y anhelos.
El libro nos invita a reflexionar sobre cómo la historia es construida y contada, y cómo, a menudo, las voces de las minorías o de aquellos considerados «diferentes» son deliberadamente borradas o distorsionadas. La novela de Vázquez Bailón no solo rescata a estos personajes del olvido, sino que también nos permite entender el baile de los 41 no como un mero escándalo, sino como un grito ahogado de libertad en una sociedad represiva. Es un recordatorio de que la identidad y la expresión de género, aunque entendidas de forma diferente a principios del siglo XX, ya eran realidades vividas por personas que se atrevieron a ser ellas mismas en un mundo que se los prohibía.
La relevancia de La travestiada trasciende el ámbito literario para convertirse en un diálogo cultural y social. Al otorgarles una voz a estas doce figuras, la novela contribuye a un México más justo y empático, que reconoce y celebra su diversidad. Nos estimula a cuestionar los relatos oficiales y a buscar las historias que fueron marginadas, invitándonos a construir un sentido de comunidad más inclusivo y consciente de su pasado. Es un paso adelante para que las nuevas generaciones entiendan que la lucha por la identidad y el respeto no es nueva, sino que tiene raíces profundas en nuestra propia historia, y que cada acto de justicia narrativa nos acerca a un futuro más humano y equitativo.
