Artistas de Hebrón transforman casas en refugios creativos contra la violencia

En las afueras de Hebrón, en la Cisjordania ocupada, una casa de paredes descascarilladas se ha vuelto taller, escuela y refugio. Allí, niños que han visto patrullas, toques de queda y redadas encuentran lápices, colores y la libertad para narrar lo que han vivido. El espacio, dirigido por la artista palestina Sarah Abu Madi, nace de una decisión sencilla y rotunda: convertir el trauma en palabra y trazo para que deje de alojarse como silencio en sus cuerpos.

Abu Madi abrió su casa como centro comunitario después de constatar que muchos menores no tenían dónde hablar ni cómo procesar los episodios que les marcaron. “No podemos cambiar las bombas ni las detenciones desde un pincel, pero los niños recuperan el lenguaje”, dice. Sus talleres combinan dibujo libre, teatro y técnicas de arte terapia; los dibujos —caras con ojos grandes, casas con muros, manos que se estrechan— funcionan como relatos y como un termómetro del sufrimiento y la esperanza.

Organizaciones internacionales han documentado el contexto que rodea iniciativas así. UNICEF ha señalado repetidamente la necesidad de apoyo psicosocial para menores en los territorios palestinos, donde la exposición a la violencia y las restricciones de movimiento afectan la salud mental infantil. Human Rights Watch y Amnistía Internacional, por su parte, han denunciado prácticas y políticas que agravan la precariedad diaria, desde demolición de viviendas hasta controles militares, lo que convierte en urgente la labor de quienes ofrecen espacios seguros en la comunidad.

El trabajo de Abu Madi interpela las responsabilidades públicas. Por un lado, muestra la capacidad de la sociedad civil para mitigar daños: los talleres devuelven a los niños herramientas para nombrar el miedo y para reconstruir la confianza. Por otro, revela la ausencia de políticas públicas que garanticen protección y salud mental. “No puede ser voluntariado lo que sustituya servicios básicos», afirma una maestra local que colabora en el centro. “Cuando la respuesta institucional es débil, la cultura se convierte en curandera”.

Las técnicas artísticas usadas son simples y accesibles. Un ejercicio consiste en pedir a los niños que dibujen su casa ideal; en muchos casos aparecen calles sin coches militares, árboles y una escuela abierta. Otro ejercicio les pide que coloreen una mano para regalarla a alguien: gesto mínimo que promueve empatía y reparación. Estos métodos, además de aliviar, generan material que ayuda a documentar cómo viven los menores los efectos de la ocupación en su cotidianidad.

Hay efectos medibles: educadores y psicólogos comunitarios observan menores con menos episodios de pánico, mayor capacidad de concentración en clase y mejores vínculos sociales tras participar en programas sostenidos. Aun así, el camino es frágil. El financiamiento es inestable y depende mayoritariamente de pequeñas donaciones y proyectos temporales. Los centros culturales comunitarios afrontan además inspecciones, restricciones y, en algunos casos, amenazas de desalojos que dificultan la continuidad.

Desde una perspectiva crítica y constructiva hay lecciones claras. Las administraciones locales y donantes internacionales pueden y deben reconocer que invertir en cultura y salud mental es parte de la política pública. No es un lujo: es prevención. Programas sostenidos de arte-educación ahorran costos futuros en servicios sociales y contribuyen a la cohesión comunitaria. A su vez, las autoridades que controlan el territorio tienen la obligación —según estándares internacionales que citaron organizaciones como Human Rights Watch— de proteger a la población civil y facilitar el acceso a servicios básicos.

En el taller de Abu Madi la esperanza no es ingenua. Los niños aprenden a dibujar lo que temen y lo que desean; los adultos aprenden a escuchar sin frivolizar el dolor. “Un niño que dibuja puede hablar, y un adulto que escucha puede cambiar su manera de gobernar”, resume la artista. Su casa-taller es un ejemplo de respuesta comunitaria que exige reconocimiento institucional y apoyo sostenido.

Si la política pública aspira a reducir la violencia, no puede limitarse a medidas de seguridad. Debe incluir educación, salud mental y espacios culturales que permitan a las nuevas generaciones reconstruir su mundo. En Hebrón, donde la ocupación deja marcas visibles e invisibles, el arte funciona como antídoto: no borra el conflicto, pero ofrece herramientas para vivir en él sin dejar que la violencia escriba cada historia.

Fuente: testimonios recogidos en la comunidad de Hebrón y reportes de UNICEF y Human Rights Watch sobre salud psicosocial y derechos humanos en los territorios palestinos.

Con información e imágenes de: France 24