La cafetería más bonita del mundo con murales, deidades y donas seduce a ciudad de méxico

Lo primero y lo último que hacen los clientes es mirar el mural colosal: 18 metros por unos seis de alto. La nueva sucursal de la cadena canadiense Tim Hortons abrió en el predio que albergó a los antiguos laboratorios CIBA/Novartis, conocido por los murales de José Chávez Morado.

Al entrar, muchos se detienen. Al pedir su café y su dona, buscan un lugar frente a la pared grande. Al salir, vuelven a mirarla. Esa rutina, simple y repetida, ha convertido a la nueva sucursal en un punto de reunión donde el arte y el consumo se encuentran a la vista de todos. El mural —una composición de figuras que algunos identifican con deidades, elementos prehispánicos y motivos urbanos— se extiende por aproximadamente 18 metros de largo y seis de alto, y domina el espacio como una ventana pintada hacia otra época.

La apertura de la franquicia canadiense en el sur de Ciudad de México ocurre en un predio con historia: desde la década de 1950 funcionaron ahí los laboratorios conocidos como CIBA, luego Novartis, y el inmueble fue reconocido por albergarlos dos murales de José Chávez Morado, uno de los muralistas más representativos de la corriente nacionalista mexicana. Esa memoria gráfica y arquitectónica es, para vecinos y especialistas, un activo cultural que se lee ahora desde la vitrina de una cafetería moderna.

¿Qué está en juego? El caso concentra tres tensiones típicas: la conservación del patrimonio, el aprovechamiento económico del espacio y la convivencia entre usos públicos y privados. En favor de la apertura están los empleos directos que genera un establecimiento comercial, el movimiento peatonal que impulsa a negocios cercanos y la posibilidad de que más personas —incluidos jóvenes— conozcan la obra mural al frecuentar el lugar.

En el lado crítico hay dudas válidas: quién garantiza la preservación a largo plazo del mural, si se permitirá el acceso público al arte sin consumos obligatorios, y si la transformación del predio acelera procesos de gentrificación en la colonia. Vecinos consultados por este diario reconocen que la cafetería trae movimiento, pero advierten que la memoria del sitio no debe quedar reducida a un decorado.

José Chávez Morado es, por trayectoria y estilo, una voz del muralismo mexicano. Eso hace que cualquier intervención en sus obras o su entorno deba atender normas de conservación y acuerdos con instancias culturales. En otros casos en la ciudad, la falta de reglamentación clara ha derivado en la pérdida parcial de obras por falta de mantenimiento o por reconversiones edilicias que no contemplan la protección del patrimonio.

Ante eso, varias acciones concretas resultarían beneficiosas y factibles:

  • Un convenio público-privado que garantice la conservación del mural, con plazos y responsabilidades claras.
  • Señalización informativa en el local que explique la historia del predio y la autoría de la obra para poner en contexto a visitantes.
  • Programas de puertas abiertas o visitas guiadas periódicas que permitan el acceso cultural sin condicionar el paso a una compra.
  • Contratos laborales que prioricen la contratación de personal local y esquemas de precios accesibles en algunos horarios para evitar exclusiones.
  • Supervisión por parte de las autoridades culturales competentes para evitar alteraciones en la obra o en su entorno inmediato.

Los comerciantes cercanos ven oportunidades: mayor afluencia, ventas complementarias, y la posibilidad de crear pequeñas rutas culturales en la zona. Para los defensores del patrimonio, la prueba estará en los hechos: en los próximos meses habrá que ver si el mural mantiene su integridad, si se limita la publicidad invasiva dentro del local y si el acceso a la pieza sigue siendo de la comunidad y no solo de los consumidores.

Este periódico ha solicitado oficialmente a la cadena y a las autoridades culturales locales información sobre los acuerdos de conservación y los permisos otorgados para la apertura. Es necesario que esa información sea pública y verificable. La cultura no debe quedar en letra pequeña en un contrato comercial.

Al final, la cafetería con murales, deidades y donas puede ser una oportunidad para reconciliar patrimonio y vida cotidiana: un lugar donde se tome un café mientras se conversa sobre historia, trabajo y ciudad. Pero porque la memoria pinta otra cosa que el consumo, corresponde a instituciones, empresa y vecinos asegurar que el mural siga siendo un bien común y no solo un telón bonito para una foto.

Con información e imágenes de: elpais.com