Auge de cirugías en hospitales públicos: alivio para pacientes, retos para el sistema

En 2026, las instituciones públicas de salud en México registraron un aumento cercano al 30% en el número de cirugías realizadas, según datos de la Secretaría de Salud. La cifra suena a buena noticia para miles de pacientes en lista de espera, pero detrás del repunte hay una mezcla de alivio, presión operativa y preguntas sobre la sustentabilidad de las medidas.

Para muchas personas, la cirugía representa la única posibilidad real de volver a trabajar, caminar sin dolor o atender a sus familias. «Me hicieron la prótesis de cadera después de dos años de espera», dice María López, de 62 años, quien recibió atención en un hospital público de Guadalajara. «Salí de la operación con ganas de volver a mi vida; pensé que ya no sería posible». Historias como la de María explican por qué el incremento en operaciones tiene impacto social inmediato.

Según la Secretaría de Salud, el aumento responde a varios factores: la recuperación de la actividad quirúrgica tras la pandemia, campañas para reducir listas de espera y la ampliación de horarios y jornadas quirúrgicas en distintas entidades. Informes del IMSS y el ISSSTE confirman que ambos institutos han intensificado sus programas para operar más casos acumulados.

Sin embargo, el crecimiento no es homogéneo ni exento de riesgos. En centros urbanos con mayor inversión se han concentrado la mayoría de intervenciones, mientras que en zonas rurales persisten cuellos de botella por falta de especialistas, quirófanos y camas de recuperación. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) y otros datos oficiales muestran que las brechas regionales siguen siendo un problema estructural.

También hay preguntas sobre calidad y seguimiento. Incrementar el número de cirugías es un objetivo legítimo, pero no sirve de nada si no se garantiza la atención postoperatoria, la rehabilitación y la vigilancia de complicaciones. Especialistas en salud pública alertan que operaciones aceleradas sin inversión en enfermería, equipamiento y protocolos pueden aumentar riesgos de infección o reintervención. El sistema parece, por momentos, un engranaje donde se apretó una vuelta para producir más, pero no todas las piezas se reemplazaron.

La política pública detrás del impulso quirúrgico mezcla lo positivo con lo urgente. Desde el gobierno federal se presentaron recursos extraordinarios y acuerdos con gobiernos estatales para jornadas intensivas; el IMSS reporta estrategias para usar quirófanos en horario extendido. Estas medidas han bajado listas de espera en especialidades como ortopedia y ginecología en algunos hospitales, pero también han generado tensión laboral entre personal médico y enfermería por turnos más largos y contrataciones temporales que no siempre cubren las necesidades a largo plazo.

El sector privado reacciona en paralelo. Para algunos especialistas, el aumento de cirugías públicas podría aliviar la presión sobre hospitales privados; para otros, la demanda acumulada en la población y el envejecimiento demográfico mantendrán ambos sectores ocupados. En cualquier caso, la equidad es la gran cuenta pendiente: no basta con números mayores si persisten desigualdades de acceso por lugar de residencia, clase social o seguro médico.

Una lectura crítica obliga a preguntar por la sostenibilidad del modelo: ¿se mantiene el aumento solo con recursos extraordinarios o habrá una reconfiguración estructural que permita sostener la oferta quirúrgica sin comprometer calidad y condiciones laborales? ¿Qué mecanismos existen para priorizar casos según gravedad y evitar inequidades? La Secretaría de Salud y los institutos se han comprometido a transparentar resultados y metas, pero el escrutinio ciudadano y periodístico seguirá siendo necesario.

El aumento del 30% en cirugías es, en la práctica, una luz que se enciende en el corredor de la salud pública. Ilumina necesidades largamente postergadas, muestra lo que puede lograrse con recursos y voluntad, pero también evidencia grietas que no desaparecerán sin inversión sostenida, distribución equitativa y una estrategia clara de seguimiento clínico. Como sociedad, la pregunta no es solo cuántas operaciones se hacen, sino quiénes se benefician y con qué condiciones de cuidado posterior.

En el corto plazo, pacientes como María recuperan movilidad y esperanza. En el mediano plazo, toca a autoridades, personal sanitario y ciudadanía convertir este impulso en cambios que perduren. La cifra del 30% es una oportunidad: de transformarla en política pública efectiva depende que la promesa de acceso universal a la salud deje de ser una aspiración y se convierta en realidad cotidiana.

Fuentes: Secretaría de Salud, Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

Con información e imágenes de: informador.mx