La élite empresarial de EU mira hacia otro lado mientras la tormenta política pone en riesgo sus ganancias

Un asesinato en Minneapolis, cartas públicas y protestas en Silicon Valley abren la pregunta: ¿será este el momento en que los ejecutivos dejen de proteger sus privilegios y empiecen a exigir responsabilidades?

Donald Trump ha empujado a la cúpula empresarial de Estados Unidos a navegar en aguas turbulentas: aranceles que cambian a capricho, politización de las tasas de interés y ataques personales a quien le cuestiona. Aun así, muchos directores ejecutivos han preferido el silencio. Las razones oscilan entre la esperanza de que recortes fiscales y desregulación compensen el desorden, la confianza en poder manejar al presidente y el miedo legítimo a ser blanco de sus represalias.

No obstante, los hechos recientes en Minneapolis han empezado a romper esa frágil ecuación. Tras la muerte de Alex Pretti —un enfermero que, según reportes y publicaciones en redes, fue baleado durante una protesta contra redadas migratorias en la ciudad— 60 líderes de grandes empresas de Minnesota, entre ellas Target, Best Buy, 3M, General Mills, UnitedHealth Group, U.S. Bancorp y Cargill, firmaron una carta pública pidiendo una “desescalada inmediata de las tensiones”. En pocas horas, Josh Bolten, director ejecutivo de la Business Roundtable, respaldó la iniciativa.

Casi al mismo tiempo, cientos de ejecutivos y profesionales del sector tecnológico comenzaron una campaña en redes para presionar al Gobierno y exigir la cancelación de contratos con ICE. La publicación, firmada por trabajadores de empresas como Google, Amazon, Salesforce y Uber, decía: “Todos fuimos testigos de cómo el ICE asesinó brutalmente a un ciudadano en las calles de Minneapolis” y pedía que las empresas se pronuncien públicamente contra la violencia.

La escena fue doblemente incómoda: varios directores ejecutivos de Silicon Valley estaban en Washington para asistir a la proyección de un documental sobre la primera dama producido por una gran compañía tecnológica. Fue un recordatorio crudo de la forma en que, hasta ahora, demasiados magnates económicos han preferido la complacencia.

Los números que explican por qué no es un asunto moral solamente

  • Crecimiento poblacional en pausa: La Oficina del Censo reportó un crecimiento de apenas 0.5% entre julio de 2024 y 2025, impulsado por una caída en la migración neta (de 2.7 millones a 1.3 millones). Se proyecta una nueva caída en 2026. Menos inmigración significa menos fuerza laboral, lo que presiona al alza la inflación y limita el crecimiento del PIB.
  • Riesgo de contracción en edad laboral: Como advirtió Atakan Bakiskan, economista de Berenberg, por primera vez en un siglo la población en edad laboral podría reducirse interanualmente, un factor que complica lograr los ritmos de crecimiento observados en 2025.
  • Confianza del consumidor en mínimos: Encuestas recientes muestran la confianza del consumidor en su nivel más bajo en 12 años. El oro cotiza alto como refugio, pese a que la bolsa marque récords: señal de que el ciudadano promedio está preocupándose por el futuro y, por ende, gastando menos.

El efecto dominó en comercio e inversión

Las políticas erráticas de la Casa Blanca no sólo dañan la imagen: reconfiguran cadenas de suministro y alianzas. La Unión Europea estrecha lazos comerciales con América Latina y con India; otros países, como Canadá y Reino Unido, diversifican relaciones con China. Esa erosión de confianza obliga a empresas estadounidenses a preguntarse si tres años más de beneficios fiscales compensan perder mercados y socios.

La reacción de la industria también ha mostrado fracturas internas. Mary Barra, director ejecutiva de General Motors, expresó a empleados su desconcierto por decisiones de política comercial de países vecinos que abren puertas a productos chinos; esa incomodidad revela que gobiernos y empresas fuera de EU ya actúan en función de la imprevisibilidad estadounidense.

¿Por qué deben hablar los ejecutivos ya?

  • Interés económico: Menos inmigración, más incertidumbre comercial y menor confianza del consumidor dañan las ventas y las cadenas de suministro. No es ideología; es balance final.
  • Reputación y riesgo legal: Mantener contratos con agencias envueltas en denuncias de violencia puede golpear la marca y atraer boicots o sanciones públicas.
  • Estabilidad social: Las empresas dependen de comunidades funcionales. El coste humano de políticas agresivas se traduce en costes económicos reales.

Qué deberían hacer —y pronto—

  • Llamar a la Casa Blanca y exigir políticas migratorias que mantengan la competitividad laboral.
  • Revisar contratos con agencias públicas que generen riesgos reputacionales y, si es necesario, paralizarlos hasta que haya transparencia.
  • Presionar por medidas que alivien el costo de energía y alimentos para consumidores y empresas, en lugar de refugiarse sólo en exenciones fiscales.
  • Coordinar respuestas públicas y privadas: una voz colectiva de líderes empresariales tiene más impacto que acciones aisladas.

Conclusión

La élite empresarial de Estados Unidos ha preferido durante mucho tiempo la comodidad de las cenas privadas y los acuerdos detrás de puertas cerradas. Pero cuando la política pública desborda y hiere a comunidades, cuando la demografía y la confianza se erosionan, el silencio deja de ser una estrategia: es un riesgo. Minneapolis podría ser un punto de inflexión. Si no lo es, las empresas pagarán con menos mercado, más volatilidad y gobiernos aliados que buscan otras manos para estrechar.

Los datos están claros y las voces ciudadanas se multiplican. Ahora toca a los ejecutivos decidir si seguirán esperando a que pase la tormenta o si, por fin, pondrán rumbo y exigirán responsabilidad pública para proteger a sus empleados, sus consumidores y su propia viabilidad a largo plazo.

Con información e imágenes de: Milenio.com