Por qué netanyahu no pudo: las razones por las que los partidos palestinos rehúsan pactar

En Una Semana en El Mundo nos preguntamos por qué, a pesar de que los partidos de Benjamin Netanyahu fueron los más votados en las urnas, los partidos palestinos dentro de Israel mantienen una distancia clara con coaliciones que podrían decidir el próximo gobierno. La respuesta no está en una sola causa: pesa tanto el rechazo a Netanyahu como las barreras ideológicas, el cálculo político y un clima de racismo institucional que sigue marcando la vida cotidiana de millones de ciudadanos palestinos.

Los datos son conocidos: la representación árabe en la Knesset alcanzó niveles notables en las últimas contiendas, y eso transforma la aritmética parlamentaria. Pero la historia reciente ofrece una lección incómoda. En 2021 el partido islamista Ra’am, liderado por Mansour Abbas, dio un paso inédito al apoyar un gobierno de coalición. Fue lección y advertencia: la entrada en el poder trae concesiones tangibles pero también una reacción política y social que puede costar caro en apoyo interno.

Primero está la lógica electoral interna. Muchos votantes palestinos exigen que sus representantes sean voz crítica ante la ocupación, la discriminación y las desigualdades fiscales y territoriales. Sumar a un gobierno donde partidos ultranacionalistas dictan la agenda puede percibirse como legitimación de políticas que dañan a la comunidad, desde la planificación urbana hasta la financiación de servicios básicos. Ese coste reputacional pesa más que un puesto ministerial para algunos líderes.

Segundo, existen barreras estructurales y culturales. La Ley Básica sobre la identidad judía, los desequilibrios en la asignación de recursos y la persistencia de actitudes racistas en amplios sectores de la sociedad israelí dificultan acuerdos sostenibles. Y cuando los partidos palestinos sí apoyan a gobiernos con mayoría judía, suelen convertirse en chivos expiatorios: la narrativa de la traición se propaga con facilidad y erosiona su legitimidad interna.

Tercero, no hay una unidad clara entre los partidos árabes. Hay quienes apuestan por la cooperación pragmática para obtener mejoras inmediatas en servicios y presupuesto; otros mantienen una estrategia de confrontación para presionar por cambios estructurales radicales. Esa diversidad ideológica complica cualquier oferta de pacto estable.

Pero también hay un elemento activo de exclusión: algunos líderes y formaciones judías han declarado que nunca gobernarían con apoyo árabe, y en casos extremos han impulsado propuestas legales para marginar a esos partidos. Ese rechazo explícito alimenta la desconfianza y convierte a los pactos en apuestas de alto riesgo.

El impacto en la vida cotidiana es palpable. Sin representantes integrados en posiciones de decisión, las políticas de vivienda, educación y salud para las comunidades palestinas siguen sujetas a prioridades que no siempre las consideran. Un acuerdo programático, con compromisos verificables en presupuesto y ejecución, podría mejorar escuelas, infraestructuras y empleo. Pero para muchos votantes esa promesa no compensa la sensación de pérdida de dignidad política.

El Mundo ha cubierto estas tensiones con testimonios de pueblo y líderes que reflejan el dilema: aceptar migajas de poder o preservar una postura que busque cambios más profundos. No es una decisión solo táctica; es también ética y simbólica, y en la arena política israelí ambos planos pesan por igual.

Si hay una salida viable será a través de pactos transparentes, garantías institucionales y una estrategia que combine mejoras inmediatas con un horizonte claro de igualdad de derechos. Sin esas condiciones, la historia sugiere que ni el rechazo a Netanyahu bastará para arrastrar a los partidos palestinos hacia un pacto que muchos consideran costoso para su futuro político y la dignidad de su pueblo.

Con información e imágenes de: France 24