La venta masiva y destrucción de libros para entrenar ia amenaza la memoria cultural

Comprar, digitalizar y eliminar ejemplares raros para alimentar algoritmos plantea un choque entre innovación tecnológica y preservación del patrimonio editorial.

La imagen es violenta en su simplicidad: pilas de libros que desaparecen para convertirse en datos. Una investigación de France Télévisions sacó a la luz prácticas por las que empresas adquieren grandes lotes de libros, los digitalizan y en ocasiones los destruyen, con el fin de alimentar modelos de inteligencia artificial. El proceso, según la investigación, no solo alimenta motores de búsqueda de texto sino que también borra físicamente ejemplares descatalogados o difíciles de encontrar.

Los efectos son tangibles. Para muchos autores, editores y bibliotecarios se trata de un expolio silencioso. No es solo un problema de derechos de autor. Es la posible desaparición de versiones, traducciones y ediciones que no están digitalizadas en archivos públicos, y que constituyen fragmentos de la memoria cultural y de acceso plural a la palabra escrita.

En paralelo, en Estados Unidos la Authors Guild y otros colectivos han llevado a los tribunales demandas contra grandes compañías tecnológicas por el uso no autorizado de obras protegidas en el entrenamiento de modelos. Es un pulso legal que obliga a preguntarse dónde termina la innovación y dónde empieza el abuso.

La discusión tiene dos caras. Por un lado, la IA permite avances en accesibilidad, resúmenes automáticos, y herramientas educativas que pueden ampliar el acceso al conocimiento. Por otro, sin reglas claras y supervisión, la técnica puede convertir el patrimonio editorial en materia prima descartable. La metáfora es útil: si los libros son depósitos de memoria, la práctica actual actúa como si extrajéramos el ADN cultural y tiráramos el archivo original.

Las instituciones públicas y culturales están en alerta. Bibliotecas nacionales, archivos y sociedades de autores reclaman mayor transparencia sobre los conjuntos de datos usados para entrenar modelos, mecanismos de compensación para creadores y normas que impidan la destrucción indiscriminada de ejemplares. En la Unión Europea la discusión sobre regulación de la IA y la preservación del patrimonio ya aparece en la agenda parlamentaria; es una ventana para exigir auditorías y registros de procedencia de datos.

Desde una perspectiva práctica, tres medidas emergen como urgentes: obligación de registrar y auditar los corpus usados para entrenamiento, incentivos o compensaciones a autores cuyos textos se usan, y protocolos de conservación que impidan que ejemplares únicos desaparezcan del mercado físico. Nada de esto es incompatible con la innovación, pero sí exige voluntad política y supervisión ciudadana.

La ciudadanía tiene un papel: preguntar a librerías de segunda mano y a plataformas cómo gestionan lotes de libros, apoyar políticas culturales que financien la digitalización pública de colecciones y presionar para que el debate no quede solo en despachos tecnológicos. La cultura no es un insumo neutro; es un bien común que, si se degrada, empobrece el debate público y la diversidad de voces que una democracia necesita.

La revelación de France Télévisions no es una denuncia maniquea contra la tecnología. Es una alerta para que el progreso no borre lo que nos hace memoria colectiva. Si queremos que la inteligencia artificial nos ayude, primero debemos asegurarnos de que su comida no sea el patrimonio de todos.

Con información e imágenes de: France 24