Día de Muertos 2026: vuelven las mascotas y regresan los olvidados, entre ritual y política pública
Del regreso de las mascotas a la llegada de los fieles difuntos, cada fecha guarda un significado dentro de las tradiciones del Día de Muertos. Según el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), la conmemoración distingue días y rituales: el 1 de noviembre se reserva para los niños y, de forma creciente, para las mascotas; el 2 de noviembre corresponde a los difuntos adultos. Pero en 2026, más que fechas, lo que regresa son debates sobre espacio público, memoria y gasto público.
En las últimas temporadas, las ofrendas han incorporado fotos de perros y gatos, peluches, y hasta urnas con cenizas. Ese fenómeno, documentado por la Secretaría de Cultura en informes sobre patrimonio intangible, refleja cambios sociales: las mascotas son ahora miembros de la familia con ritual propio. Para muchas familias esto es consuelo; para las políticas públicas significa demandas nuevas: recolección de restos, regulación de pirotecnia y permisos para altares en espacios urbanos.
La escena, sin embargo, no es homogénea. En alcaldías céntricas se instalan altares comunitarios con apoyo municipal y vigilancia, mientras que en zonas populares las familias montan ofrendas en la calle por falta de espacios. María, una vecina de la colonia Doctores, me contó que monta altar para su padre y su perro: “No es lo mismo que antes, pero somos nosotros los que hacemos memoria porque nadie nos la devuelve”. Historias como la suya evidencian un vacío que la política cultural no siempre llena.
Desde la mirada crítica, hay dos tensiones claras. La primera es la comercialización: tours masivos, mercadotecnia de disfraces y espectáculos que deforman el sentido ritual y concentran recursos en empresas privadas. La segunda es la brecha institucional: mientras la Secretaría de Cultura promueve talleres y conservación de tradiciones, muchos municipios carecen de presupuesto para manejo de residuos, seguridad y protección de espacios públicos durante la festividad.
Hay señales de avance. Programas comunitarios financiados por instancias locales y ONG impulsan ofrendas colectivas, educación en escuelas y campañas de limpieza después de las celebraciones. INAH y Secretaría de Cultura han publicado guías para el uso responsable del espacio público y la preservación de tradiciones, pero la implementación depende de recursos y voluntad político-administrativa.
El Día de Muertos 2026 será, entonces, un termómetro. No solo veremos fotografías en altares, también la respuesta del Estado ante demandas concretas: reconocimiento de nuevas prácticas (como las ofrendas a mascotas), apoyos para memoria comunitaria y control de los excesos mercantiles. La tradición regresa cada año, pero su cuidado requiere decisiones públicas que la protejan sin convertirla en espectáculo. La memoria no se privatiza; se sostiene con políticas que prioricen cultura, salud pública y justicia urbana.
