Pagos digitales ponen en riesgo la venta de gasolina: qué podría pasar y cómo te afectará
Por corresponsal
Los empresarios gasolineros no niegan el argumento: los pagos digitales pueden mejorar la seguridad, agilizar operaciones y dar trazabilidad a transacciones que hoy muchas veces se hacen en efectivo. Esa misma idea la impulsa el gobierno de Claudia Sheinbaum como herramienta para combatir el robo de combustible y la economía informal, según declaraciones oficiales recogidas por medios como La Jornada y El Financiero.
Pero en la realidad cotidiana esa transición tiene puntos peligrosos. Empresarios consultados por reportes de Reforma y El Universal advierten que obligar la recepción de pagos electrónicos sin acompañarlo de apoyos claros puede reducir ventas, encarecer el precio al consumidor y excluir a quienes todavía dependen del efectivo. La preocupación es doble: la infraestructura y los costos.
En primer lugar, la conectividad. Muchas estaciones, sobre todo en municipios pequeños y zonas rurales, dependen de líneas telefónicas inestables o de señales móviles débiles. Cuando falla la conexión, las terminales de punto de venta no procesan y la bomba deja de vender. Es una imagen simple: la venta se detiene porque el sistema se quedó sin luz. Medios como El Financiero han documentado ya cortes que provocan filas de autos y ventas perdidas en ciudades medianas.
En segundo lugar, las comisiones. Los adquirentes y bancos cobran por procesar tarjetas. Si no hay un acuerdo para subsidiar equipos o controlar comisiones, los dueños de las estaciones acabarán trasladando ese costo al precio por litro. Es una regla económica básica: cuando sube el costo de venta, sube el precio final. La carga recaería sobre quienes menos pueden pagar.
También está el asunto de la inclusión. Datos y análisis de INEGI y del Banco de México han mostrado durante años que una parte significativa de la población opera con efectivo; hay sectores de la economía informal, trabajadores por jornada y adultos mayores que no tienen acceso sencillo a tarjeta o banca móvil. Para ellos, pasar de pagar con billetes a depender de una app o una tarjeta puede significar perder acceso al servicio o verse forzados a rutas más largas para cargar combustible.
No todo es negativo. La trazabilidad que busca el gobierno ayuda contra el huachicol y la evasión fiscal. Si la venta queda registrada electrónicamente, es más fácil detectar anomalías en reportes de volumen. La Jornada y El Universal han publicado análisis que muestran cómo la tecnología, bien aplicada, reduce robos y mejora la recaudación. Pero la experiencia de programas anteriores muestra que la herramienta sola no alcanza: faltan protocolos de contingencia cuando hay fallas, apoyo para pequeños empresarios y reglas que limiten las comisiones de los intermediarios.
Un escenario plausible si se aprueba una norma estricta sin medidas complementarias: interrupciones frecuentes en la venta en zonas de baja conectividad; estaciones pequeñas que pierden clientes o suben precios; aumento en la percepción de riesgo para consumidores que prefieren efectivo; y, en el peor de los casos, migración de compras al contrabando o a mercados alternos. Es decir, la política podría generar efectos contrarios a su objetivo de orden y seguridad.
¿Qué se necesita para evitarlo? Regulación que limite comisiones y garantice terminales sin costo o con subsidio para microestaciones; protocolos offline que permitan cerrar ventas aún sin señal; campañas de educación financiera para usuarios; y auditorías públicas que acompañen la implementación. Analistas citados en El Financiero y Reforma insisten en que la mejor política pública combina tecnología con inversión en infraestructura y protección social.
La transformación hacia pagos digitales puede ser un avance. Pero sin un plan que contemple conectividad, costos y equidad, correremos el riesgo de apagar una linterna justo cuando más niebla hay en el camino. Los consumidores y las pequeñas estaciones merecen reglas claras, plazos realistas y garantías de que la cuenta no la pagarán solo los más vulnerables.
Fuentes consultadas: La Jornada, El Financiero, Reforma, El Universal, INEGI, Banco de México.
