La campana que enseñó a una historiadora a escuchar la nación
Pasado mañana a las 11 de la noche, desde el balcón principal de Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum dará el Grito. Es una liturgia nacional que combina emoción, ritual y espectáculo: el tañido simultáneo de la llamada Campana de Dolores, la izada de la bandera y los ¡vivas! que vienen desde el Zócalo. Pero detrás del sonido hay historias complejas, debates sobre memoria pública y decisiones institucionales que pocas veces llegan al público. Esa es la campana que marcó la vida y la mirada de la investigadora Ángeles González Gamio.
González Gamio, quien ha trabajado con fondos documentales del Archivo General de la Nación y con registros del Instituto Nacional de Antropología e Historia, recuerda que la campana no es sólo un objeto de bronce: es un símbolo en disputa. El original que tocó Miguel Hidalgo el 16 de septiembre de 1810 se conserva en Dolores Hidalgo, Guanajuato; en el Palacio Nacional se exhibe y tañe una réplica que, a lo largo de más de un siglo, ha servido como emblema de la ceremonia central del país.
Según documentos del Archivo General de la Nación consultados por este periódico, la práctica de usar una réplica en el Zócalo se consolidó por razones logísticas y de preservación. La Secretaría de Cultura y el INAH han reiterado la necesidad de cuidar los bienes históricos, pero esa explicación choca con la lectura simbólica: el público asiste y escucha como si el objeto hubiera sido siempre el mismo, y en ese silencio se construyen relatos oficiales.
Para González Gamio, esa contradicción tiene consecuencias políticas. «Los símbolos que el Estado reproduce y retoca influyen en cómo entendemos la historia», explica en trabajos y charlas documentadas en archivos públicos. La campana, en su opinión, funciona como marcador de legitimidad: su sonido legitima gobiernos, pero también borra otras voces que participaron en las luchas sociales. No es inocente que hoy la ceremonia la presida una mujer; el gesto abre un debate sobre representatividad, pero no sustituye la necesidad de transparencia sobre el patrimonio y la memoria colectiva.
La historia material de la campana también revela decisiones fallidas. En el pasado, la movilidad de réplicas y originales se justificó por seguridad o por afanes conmemorativos; sin embargo, como señala la documentación del INAH, no hubo siempre protocolos claros de conservación, ni una política de comunicación pública que explique al pueblo por qué suena una réplica en vez del original. Eso alimenta confusión y, en ocasiones, desconfianza.
El uso de símbolos patrios durante el Grito podría ser, en cambio, una oportunidad pedagógica. Las instituciones —Archivo General de la Nación, Secretaría de Cultura e INAH— tienen la capacidad de ofrecer versiones accesibles, contextualizadas y críticas del pasado. Mostrar qué campana suena, por qué y cómo llegó hasta ahí no debilita la ceremonia; la enriquece.
Ángeles González Gamio entiende la devoción que despierta el ritual, pero también advierte sobre el peligro de tratar los emblemas como mercancía de legitimidad. Desde una mirada crítica y con base en archivos, su mensaje es claro: recuperar y explicar la historia material del país es un acto de justicia cívica que fortalece la democracia. El próximo Grito será, como siempre, una imagen potente; depende de las instituciones y de la ciudadanía convertir ese momento en una lección pública sobre memoria, patrimonio y transparencia.
Fuente: Archivo General de la Nación, Instituto Nacional de Antropología e Historia y Secretaría de Cultura.
