Mapas que esconden imperios: una proyección que redefine el poder

La ONU impulsa pasar de Mercator a proyecciones como Equal Earth; 164 países apoyaron la medida y Estados Unidos votó en contra. No es un detalle técnico: es quién tiene voz en el mapa.

Los mapas no son neutrales. Durante siglos la proyección de Mercator, útil para la navegación por conservar ángulos, ha pintado al mundo con una distorsión que agranda Europa y Norteamérica y empequeñece a África, Sudamérica y gran parte del sur global. Esa deformación no solo es geométrica: moldea percepciones, prioridades políticas y la forma en que se enseña geografía en las escuelas.

Recientemente Naciones Unidas recomendó reemplazar el uso dominante de Mercator por proyecciones más fieles al tamaño real de los territorios, como la Equal Earth. En la votación 164 países apoyaron la reforma y Estados Unidos se opuso, un gesto simbólico que revela resistencia a alterar narrativas espaciales que han beneficiado a centros de poder. Según Naciones Unidas, el objetivo es corregir siglos de sesgo cartográfico y ofrecer mapas que reflejen mejor la realidad física del planeta.

La proyección Equal Earth, creada por Bojan Šavrič, Tom Patterson y Bernhard Jenny, busca equilibrar forma y área para que continentes y países no sean visualmente subestimados. Para una maestra en Accra o un estudiante en Lima, eso importa: ver su continente con su tamaño real influye en autoestima colectiva, en la forma en que se afrontan temas como clima, inversión o ayuda internacional. Un mapa es a la vez espejo y agenda.

Pero la medida tiene matices. Mercator sigue siendo útil para la navegación marítima y para ciertos usos técnicos. Cambiar la proyección oficial en organismos internacionales no corrige por sí solo las desigualdades estructurales que mantienen a millones en la periferia. Además, decisiones cartográficas pueden politizarse: quién decide qué proyección usar en un atlas escolar o en plataformas digitales no es una cuestión neutral.

Desde una perspectiva práctica, la transición implica actualizar materiales educativos, cartillas, software y la cultura visual de generaciones acostumbradas a una visión distorsionada del mundo. Para los países del sur global, la decisión de la ONU es una victoria simbólica que puede abrir puertas a nuevas narrativas y a un reparto más justo de la atención global sobre crisis humanitarias, climáticas y económicas.

El cambio también obliga a gobiernos, universidades y medios a responsabilizarse. Adoptar una proyección más veraz debería acompañarse de políticas públicas: revisar programas escolares, financiar recursos didácticos y promover alfabetización cartográfica entre la ciudadanía. De lo contrario, el gesto seguirá siendo cosmético.

Los mapas han servido históricamente para trazar imperios y justificar conquistas. Hoy, mientras Naciones Unidas da un paso hacia mapas más equitativos, la pregunta es si esa corrección gráfica se traducirá en cambios reales en la distribución del poder. La respuesta dependerá de la presión ciudadana, del compromiso de los Estados y de instituciones educativas para transformar no solo los atlas, sino las políticas que esos atlas han ayudado a ocultar.

Que un niño vea a África con su tamaño verdadero no arregla la desigualdad, pero es un inicio. Y como dice la lógica elemental: cambiar el espejo ayuda a ver mejor la cara que se ha intentado invisibilizar. Según Naciones Unidas, esa visibilidad es ahora una decisión colectiva; resta a cada sociedad convertirla en medida concreta.

Con información e imágenes de: France 24