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Trump elimina amparo federal al lobo gris mexicano

El presidente Donald Trump firmó una orden para retirar la protección federal del lobo gris mexicano, una decisión que, según el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de EE. UU. (U.S. Fish and Wildlife Service) y reportó Associated Press, busca priorizar la protección del ganado pero que sus críticos consideran un retroceso para la conservación y la vida rural.

El lobo gris mexicano (Canis lupus baileyi) vive principalmente en áreas de Arizona y Nuevo México tras programas de reintroducción iniciados en 1998. Tras décadas de esfuerzos para recuperarlo, la población en libertad sigue siendo pequeña —alrededor de dos centenares de ejemplares— y su supervivencia depende de un equilibrio frágil entre protección federal y manejo local.

El argumento oficial es directo: al eliminar ciertas salvaguardias se dará mayor margen a los estados y a los ganaderos para responder a ataques a ganado sin esperar la intervención federal. Para muchos rancheros, la medida representa alivio inmediato; para biólogos y ambientalistas, es como quitarle el casco a un ciclista en pleno descenso. Organizaciones como Defenders of Wildlife y el Center for Biological Diversity han anunciado que impugnarán la medida en tribunales.

¿Qué cambia en la práctica? La retirada de la protección federal puede permitir la captura y matanza legal de ejemplares que entren en conflicto con la actividad ganadera, reducir los requisitos de mitigación para proyectos de desarrollo y debilitar sanciones por daños ambientales. Los defensores señalan que existen programas de compensación por depredaciones, pero estos suelen ser parciales y tardan en ejecutarse.

Los datos importan: la recuperación del lobo gris mexicano estuvo marcada por cuellos de botella genéticos y por la vulnerabilidad a enfermedades y a la pérdida de hábitat. Quitar protecciones no aumenta el número de presas ni recupera corredores migratorios; sencillamente reduce las barreras legales para su eliminación. Como recuerda Associated Press, soluciones duraderas requieren inversión en prevención de conflictos, programas de compensación ágiles y políticas públicas basadas en ciencia.

La decisión llega en un contexto político donde los intereses agropecuarios presionan por mayor flexibilidad y donde la administración federal prioriza la desregulación. Para las comunidades rurales esto puede traducirse en menos ataques ocasionales al ganado, pero también en la pérdida de un recurso natural que atrae turismo y cumple un papel ecológico: el lobo regula poblaciones de herbívoros y mantiene balance en el paisaje.

Ante la polémica, el llamado de los científicos y organizaciones civiles es claro: si la política favorece a quienes viven del campo, debe ir acompañada de medidas concretas de apoyo —compensaciones rápidas, seguros, y capacitación en prácticas que minimicen conflictos— en lugar de confiar solo en la eliminación de la especie como solución.

El pulso legal y político continuará. Mientras tanto, el lobo gris mexicano queda en una encrucijada: para unos, un problema a gestionar; para otros, una deuda histórica con la naturaleza que hoy se arriesga a perderse. Según el U.S. Fish and Wildlife Service y reportes de Associated Press, la controversia abrirá litigios y dará espacio a un debate que afecta tanto al campo como a la biodiversidad del suroeste de Estados Unidos.

Con información e imágenes de: Reforma