Sheinbaum entre el poder y la lealtad: cómo romper con el legado de AMLO
La advertencia de Riva Palacio no es una anécdota: presagia una pelea de poder dentro de Morena que puede definir rumbo y prioridades en la presidencia.
Claudia Sheinbaum llegó a la Presidencia con la promesa de continuidad en programas sociales y un discurso de transformación social. Pero, como advierte el analista Riva Palacio, la convivencia entre su autoridad institucional y el «liderazgo moral» de Andrés Manuel López Obrador ha abierto una pugna interna que ya no es sólo simbólica: es política y tiene efectos concretos.
La imagen es sencilla: una gobernante sobre la cuerda floja, con el peso del pasado político de su antecesor a un lado y las expectativas ciudadanas del otro. Ese tira y afloja se traduce en decisiones visibles —nombramientos, prioridades de gasto, estrategia en seguridad y manejo de la comunicación— y en riesgos menos evidentes: dudas en la toma de decisiones, fricción en la bancada legislativa y señales de incertidumbre para inversionistas y funcionarios públicos.
Para la ciudadanía esto no es mera retórica. Cuando el partido de gobierno discute quién manda, se atrasan reformas, se diluye la responsabilidad institucional y se confunden los canales de rendición de cuentas. Programas sociales exitosos pueden mantenerse, pero también corre el peligro de que la personalización del poder comprometa la profesionalización de las instituciones que deben garantizar su continuidad más allá de una figura política.
Riva Palacio sitúa el problema en el corazón de Morena: una organización que emerge como movimiento personalista y que ahora enfrenta la necesidad de institucionalizarse. Si la lealtad partidaria prima por sobre la lógica del Estado, el resultado puede ser la reproducción de viejos vicios: opacidad en decisiones clave, clientelismo y dificultad para establecer contrapesos democráticos.
Sheinbaum tiene, sin embargo, palancas para cambiar la ecuación. Puede construir una base de legitimidad propia a través de resultados concretos en seguridad, salud y empleo; fortalecer organismos autónomos para que las decisiones no dependan de favores personales; y abrir espacios de diálogo con la sociedad civil para recuperar confianza. Cada una de estas opciones exige claridad estratégica y voluntad de separar la figura presidencial de la fidelidad partidista.
Del otro lado está el riesgo político: ceder ante liderazgos morales o partidarios podría garantizar estabilidad inmediata, pero socavaría su autoridad a mediano plazo. Insistir en autonomía sin acuerdos mínimos podría fragmentar la bancada y convertir asuntos de Estado en batalla interna.
El desafío tiene también una dimensión democrática. México necesita que las transiciones entre proyectos políticos se den con reglas claras y con instituciones fuertes. El choque entre la autoridad de Sheinbaum y la influencia de AMLO pone a prueba esa madurez: si prevalece la institucionalidad, se gana el país; si prevalece la lealtad personal, pierden las expectativas ciudadanas de un gobierno eficiente y transparente.
Riva Palacio lo plantea sin ambages: la convivencia actual no es sostenible sin una definición clara de quién toma las decisiones y bajo qué criterios. La forma en que Sheinbaum resuelva esa tensión marcará no sólo su presidencia, sino el futuro de Morena como fuerza política y la capacidad del Estado para responder a los problemas cotidianos de la gente.
