Sheinbaum desafía la historia: busca desterrar a Cortés y devolver al Paso su nombre indígena

La propuesta forma parte de una ola de medidas del gobierno federal para reivindicar la memoria de las comunidades originarias; entre aplausos y críticas, la decisión promete reactivar debates sobre identidad, turismo y memoria histórica.

La administración de Claudia Sheinbaum anunció esta semana la intención de iniciar el proceso para quitar el nombre de «Paso de Cortés» —el conocido corredor entre los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl— y rebautizarlo con un topónimo de raíz indígena. La iniciativa se inscribe, según fuentes oficiales, en un plan más amplio para reparar simbólicamente la memoria de los pueblos originarios: cambiar nombres, revisar monumentos y visibilizar lenguas y saberes ancestrales.

El Paso de Cortés, llamado así por la tradición que lo vincula con el trayecto de Hernán Cortés hacia el Valle de México en el siglo XVI, es hoy un punto de contacto entre turismo de naturaleza, comunidades rurales y patrimonio cultural. Para el gobierno, eliminar la referencia a Cortés no es solo un gesto simbólico: es un intento por corregir una narrativa que, dicen, ha invisibilizado la voz de los pueblos indígenas por cinco siglos.

Por qué importa

El debate no es abstracto. Cambiar un nombre impacta en lo cotidiano: señalética en carreteras, mapas turísticos, folletos, guías locales y hasta la forma en que las generaciones aprenden su propia historia. Para comunidades indígenas cercanas, un nuevo nombre puede significar reconocimiento y una plataforma para promover su cultura y proteger sus recursos. Para empresarios del turismo, significa actualizar inversión, campañas y rutas.

Ventajas que promete la propuesta

  • Reconocimiento simbólico de las comunidades originarias y visibilización de sus topónimos y cosmovisiones.
  • Oportunidad para reordenar el turismo con enfoque cultural y sostenible, poniendo a las comunidades locales en el centro.
  • Impulso educativo: revisar libros, museos y materiales didácticos para integrar una visión más plural de la historia.

Riesgos y cuestionamientos

  • Reacciones políticas: sectores conservadores y algunos historiadores pueden ver la medida como «revisionista» o como un borrón de hechos históricos.
  • Costos administrativos y económicos por la actualización de infraestructuras, mapas e información turística.
  • Riesgo de simbolismo vacío si no se acompaña de políticas reales de consulta, inversión y restitución para las comunidades afectadas.

Lo que falta y cómo debería hacerse

Especialistas en memoria histórica y representantes indígenas coinciden en algo básico: el cambio de nombre debe comenzar con la consulta libre, informada y vinculante a las comunidades originarias de la región. Sin ello, advierten, el gesto corre el riesgo de convertirse en una operación cosmética. Además, la transformación debe ir acompañada de medidas concretas: programas de capacitación turística para población local, inversión en infraestructura sostenible y mecanismos para proteger sitios sagrados y recursos naturales.

Contexto: una tendencia nacional

La iniciativa se suma a una serie de acciones recientes que buscan reconfigurar símbolos públicos y narrativas: desde la revisión de monumentos hasta esfuerzos por incorporar lenguas indígenas en espacios oficiales. Para sus promotores, se trata de descolonizar la plaza pública. Para sus críticos, es una agenda que, bien hecha, puede abrir puertas; mal hecha, puede fragmentar el consenso nacional.

Lo que viene

El proceso formal implicará mesas de trabajo, diagnósticos históricos y ambientales, y audiencias públicas. La clave estará en cómo el gobierno federal articule ese diálogo con autoridades estatales, comunidades indígenas y actores del sector turístico. Si se hace con transparencia y justicia, el renombramiento podría convertirse en un ejemplo de memoria reparadora. Si se impone de espaldas a los afectados, será sólo otro capítulo en la polarización nacional.

¿Y la gente qué piensa?

En los pueblos cercanos hay opiniones encontradas. Algunos ven el cambio como una reivindicación largamente esperada; otros temen la pérdida de identidad asociada al turismo y la incertidumbre económica. Más allá de las posturas, lo que queda claro es que la decisión tocará la vida cotidiana: nombres de carreteras, impresos, negocios y, sobre todo, el modo en que las futuras generaciones entenderán su pasado.

La renombración del Paso de Cortés no será solo un cambio en los mapas: será una prueba de si México quiere escribir, con la participación de todos, una historia más plural. El siguiente paso es que el diálogo salga de los despachos y llegue a las comunidades que, desde siempre, guardan la memoria.

Con información e imágenes de: informador.mx