Sanciones de EU revelan la infiltración del narco en el gobierno de Baja California
Las recientes sanciones anunciadas por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos han puesto sobre la mesa una afirmación que muchos temían pero pocos habían visto tan claramente documentada: el narcotráfico no solo trafica drogas, también se filtra en redes públicas y privadas que sostienen la vida cotidiana en Baja California. Un vocero del Departamento de Estado dijo que las medidas del Tesoro evidencian el «alcance corrosivo» de los cárteles en el gobierno estatal, una frase que describe con crudeza lo que para la población se siente como pérdida de control y confianza.
Según el anuncio del Departamento del Tesoro, las sanciones apuntan a personas y redes financieras vinculadas al trasiego y al blanqueo de capitales que, según las autoridades estadounidenses, funcionan en connivencia con actores dentro de estructuras administrativas. La Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) ha sido la herramienta mediante la cual se han congelado bienes y se han limitado operaciones, en un intento por cortar recursos que alimentan violencia e impunidad.
El impacto no es solo técnico. Para la gente que vive en Tijuana, Mexicali y Ensenada, la presencia del crimen organizado en la política y la administración pública se traduce en calles menos seguras, en negocios que enfrentan extorsiones y en servicios públicos que pierden eficacia. Cuando el poder económico delictivo se mezcla con decisiones públicas, la maquinaria del Estado pierde capacidad para proteger, invertir y generar empleo. Es como si una mancha de aceite se expandiera y cuarteara el motor que debe funcionar para todos.
Estas sanciones, además, tienen efectos transfronterizos. Baja California, por su ubicación, depende del comercio y la movilidad con Estados Unidos. Señalamientos y restricciones financieras afectan la inversión y la confianza en las instituciones, complican trámites bancarios y pueden encarecer créditos, algo que termina por golpear a microempresarios y trabajadores formales que no tienen nada que ver con el tráfico de drogas.
Desde la perspectiva de gobernabilidad, el señalamiento estadounidense obliga a una doble respuesta. Por un lado, requiere investigaciones transparentes y rápidas por parte de las autoridades mexicanas, incluida la Fiscalía General de la República y los órganos de control estatal. Por otro, exige políticas públicas de largo plazo: fortalecimiento de la procuración de justicia, rendición de cuentas, protección a denunciantes y programas sociales que reduzcan la dependencia económica de comunidades vulnerables.
El gobierno de Baja California enfrenta ahora la oportunidad de demostrar que puede cortar complicidades y reconstruir confianza. No alcanza con declaraciones: se necesitan auditorías públicas, control externo independiente y sanciones administrativas claras contra funcionarios implicados. También hace falta una estrategia que no sea solo punitiva, sino que recupere escuelas, centros de salud y empleos como alternativas reales frente al reclutamiento del crimen.
La sociedad civil tiene un rol clave. Si la política se parece a un termómetro que mide la salud democrática, la presión ciudadana y la participación organizada pueden ser el tratamiento que reactive defensas institucionales. En palabras sencillas, no basta con limpiar la mancha en la superficie; hay que revisar el motor para que no vuelva a filtrarse aceite.
La fuente de la medida, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, y el señalamiento del Departamento de Estado colocan ahora el foco internacional en Baja California. Quedan preguntas abiertas: qué tan profundas son las redes señaladas, quiénes dentro de la administración estatal tienen responsabilidad, y cómo se reparará el daño social y económico. Responder a esas preguntas con transparencia será la prueba de que México y Baja California pueden recuperar el control de su propia casa.
Reporta: Departamento del Tesoro de Estados Unidos y declaraciones del Departamento de Estado

