Lo que revela tu actitud cuando no devuelves el carrito
La discusión tomó mayor fuerza cuando la psicóloga, escritora y conferenciante María Esclapez abordó el tema ante sus miles de seguidores en Instagram: dejar un carrito de la compra abandonado en el parking no es solo una cuestión de descuido, es un espejo de normas sociales, diseño urbano y decisiones políticas.
Desde la economía conductual hasta la vida de barrio, varias fuerzas empujan a que mucha gente opte por no devolverlo. En primer lugar, las normas sociales. Como explica el experto en persuasión Robert Cialdini, los comportamientos se contagian: si vemos carros tirados, interpretaríamos que esa conducta está permitida. La segunda es la fricción práctica: cuando el carro no cabe en el ascensor, el parking está lleno o la distancia a los corralitos es larga, el cálculo de costo-beneficio inclina la balanza hacia la pereza.
También hay un componente institucional. Es más fácil abandonar el carrito cuando no existe un mantenimiento claro del espacio público. Supermercados que obligan a devolver con un depósito o cadenas como Aldi, que implantan sistemas para garantizar el retorno, suelen registrar menos carritos abandonados. En contraste, donde la gestión municipal y comercial es laxa, los costes —en espacio público, limpieza y daños— los acaban pagando todos.
La psicóloga Esclapez señaló algo que muchos reconocen pero pocos analizan: el anonimato urbano desactiva la responsabilidad. En una cola de barrio, uno devuelve el carrito porque hay reconocimiento social; en un gran aparcamiento, la sensación de invisibilidad facilita el abandono. A este fenómeno se suma la desigualdad: trabajadores con turnos largos y madres con cochecitos enfrentan barreras reales para devolverlos, mientras que campañas punitivas sin apoyo logístico criminalizan a quien ya tiene menos recursos.
Hacer la crítica no es quedarse en la queja. Las políticas públicas pueden reducir el problema y mejorar la convivencia. Invertir en corrales estratégicos, fomentar campañas que refuercen la norma cívica citando investigaciones de comportamiento, o incentivar sistemas de depósito-reembolso son medidas con evidencia de eficacia. También funcionan soluciones laborales: contratar personal para recoger carros en horas punta y coordinar con el comercio para que el coste no recaiga sólo en la ciudadanía.
En mi recorrido por varios parkings, hablé con usuarios como Ana, vecina de 36 años, que devuelve el carro siempre que puede: “Cuando veo uno tirado pienso en el que viene después, en la gente mayor que tropieza o en los jardineros que recogen basura”. Otros, como Antonio, admiten que la comodidad y la prisa pesan: “Si tengo que subir a casa con dos bolsas y la distancia es larga, prefiero ahorrar tiempo y punto”. Esos testimonios muestran la mezcla de altruismo, presión del tiempo y diseño del entorno.
Responsabilidad individual y políticas públicas van de la mano. No basta con pedir civismo si los espacios no facilitan hacerlo. Tampoco sirve solo sancionar: la experiencia demuestra que los mensajes que apelan a la comunidad y la reciprocidad tienen mejor rendimiento que las multas aisladas. Desde una óptica progresista, resulta injusto que la falta de infraestructura termine convirtiendo un problema colectivo en carga individual, y menos aún que quien menos puede pagar cargue con las consecuencias.
Si queremos cambiar la costumbre, conviene combinar incentivos, diseño urbano inteligente y campañas de cultura cívica basadas en evidencia. Como recuerda María Esclapez, no es solo devolver un carrito: es demostrar que aún hay reglas compartidas que mantienen viva la vida en común.
