Mañanera y pisa: las pruebas miden estudiantes, no clasifican escuelas
La confusión surgida en la mañanera sobre los resultados de Pisa 2025 reaviva un problema persistente: presentar pruebas internacionales como si fueran listas de buenas y malas escuelas. Según la OCDE, el Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (Pisa) evalúa el rendimiento de estudiantes de 15 años en lectura, matemáticas y ciencias, y publica sus resultados de forma que no identifican a centros educativos ni los ordenan como un ranking de escuelas.
En la práctica, los datos públicos de la OCDE no distinguen los centros por su fuente de financiamiento; sí permiten analizar el desempeño por nivel socioeconómico del alumno. Es decir, Pisa es una radiografía del sistema y sus desigualdades: muestra cómo el origen social influye en los logros, no cuál colegio merece un trofeo o un castigo.
La diferencia importa. Cuando autoridades o medios tratan los resultados como un listado de escuelas “mejores” o “peores”, la consecuencia concreta puede ser estigmatizar planteles que trabajan con población vulnerable, justificar recortes o políticas punitivas y desviar la atención de lo que los datos realmente señalan: la deuda estructural con la equidad educativa.
La OCDE recuerda que Pisa se construye con muestras representativas y anonimato para proteger a estudiantes y centros. Solo bajo protocolos especiales y con permisos se puede acceder a microdatos que permitan análisis más finos. Eso no autoriza a transformar mapas de desigualdad en boletines de premiación o veredictos administrativos sin más investigación.
En México, la polémica abre preguntas prácticas: ¿qué hace falta para que los resultados sirvan para mejorar escuelas y no para castigarlas? Primero, claridad institucional. La Secretaría de Educación Pública debe explicar con datos y ejemplos cómo se interpretan los informes internacionales y qué indicadores sí son útiles para diseñar intervenciones locales.
Segundo, políticas que actúen sobre las causas: invertir en educación inicial, equipamiento, formación docente y horarios flexibles para familias trabajadoras. Pisa señala correlaciones con el nivel socioeconómico; la respuesta no puede ser meramente punitiva, sino una apuesta a reducir brechas.
Tercero, transparencia en la comunicación. Los voceros gubernamentales y los periodistas tienen la responsabilidad de no simplificar un examen internacional hasta convertirlo en una lista roja o en un titular moralizante. La ciudadanía merece explicaciones claras: qué mide Pisa, qué no, y qué otras evaluaciones —nacionales y locales— se deben cruzar para tomar decisiones.
Una metáfora sencilla: Pisa es un termómetro, no un diagnóstico definitivo. Indica fiebre, pero no dice si la cura es reposo, antibiótico o cambio de hábitos. Confundir la herramienta con la respuesta pública es jugar con la salud de nuestras escuelas.
La discusión pública debería transformarse en una oportunidad. Que la polémica en la mañanera sirva para exigir políticas enfocadas en equidad, para fortalecer evaluaciones nacionales que identifiquen apoyos concretos y para involucrar a maestros, familias y comunidades en soluciones. Cuando los datos se usan con rigor y sentido social, dejan de ser una bandera política y se vuelven un mapa para mejorar la vida de niñas y niños.
Fuente: OCDE y documentación pública de la Secretaría de Educación Pública.
