Choque en la ONU deja a Gaza en la cuerda floja
Abbas alertó sobre “nueva Nakba”; Netanyahu respondió con dureza y reproches
La Asamblea General de la ONU vivió un pulso tenso que vuelve a poner en primer plano el drama humanitario en Gaza. El presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmoud Abbas, aseguró ante los delegados que se está gestando una “nueva Nakba” y calificó la situación como una “guerra genocida”, en palabras recogidas por la ONU y agencias internacionales como Reuters y EFE. Sus declaraciones, cargadas de historia y advertencia, buscaron alertar sobre el riesgo de desplazamientos masivos y la destrucción de tejidos sociales que ya han soportado décadas de conflicto.
Del otro lado del hemiciclo, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu rechazó esas acusaciones y contestó con una intervención marcada por ataques personales y políticos: calificó de “cobardes morales” a los delegados que abandonaron la sala antes de su discurso, elogió la postura de Donald Trump y lanzó críticas a líderes como Recep Tayyip Erdogan, además de apuntar contra Qatar y el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, según crónicas de la sesión publicadas por la prensa.
El choque retórico no es un episodio aislado: refleja una escalada de acusaciones que complica aún más cualquier esfuerzo diplomático para frenar la violencia y proteger a la población civil. Mientras las palabras se cruzan en Naciones Unidas, los habitantes de Gaza siguen siendo los que menos margen tienen para capear las consecuencias: bloqueo económico, cortes de servicios básicos, y el riesgo constante de desplazamientos masivos que Abbas evocó con la palabra Nakba, cargada de memoria histórica.
Desde una postura crítica de centro-izquierda, corresponde señalar que la retórica agresiva de líderes de ambos bandos alimenta la polarización y reduce el espacio para soluciones prácticas. La comunidad internacional, incluida la propia ONU, tiene instrumentos —resoluciones, mecanismos de ayuda humanitaria y presiones diplomáticas— que pueden y deben activarse con mayor firmeza. La prioridad inmediata es garantizar corredores humanitarios, acceso para organizaciones de salud y protección de civiles, medidas que hasta ahora han resultado insuficientes frente a las necesidades sobre el terreno.
Los discursos también ponen en evidencia fallos institucionales: la incapacidad de forjar consensos mínimos en organismos multilaterales deja a los ciudadanos a merced de decisiones nacionales y de dinámicas geopolíticas que poco consideran la vida cotidiana. Esto se traduce en escuelas convertidas en refugios, familias sin suministro de agua potable y una generación de niños que crece entre atentados, sanciones y pobreza.
No se trata solo de señalar responsabilidades. Hay propuestas con impacto real que merecen más atención: ampliar y proteger las rutas de ayuda, respaldar investigaciones independientes sobre violaciones del derecho internacional, y fortalecer mediaciones imparciales que prioricen ceses de hostilidades sostenibles. Organismos como la ONU y agencias humanitarias, citadas en los informes de prensa, deben actuar con mayor autonomía y recursos.
En la práctica, las palabras que circularon en la ONU esta semana —las de advertencia de Abbas y la réplica combativa de Netanyahu— son un termómetro de la crisis política. Pero el termómetro no calma a quien no tiene dónde dormir o acceso a medicinas. Si la diplomacia falla en transformar el choque de palabras en medidas concretas de protección, la factura la pagarán civiles inocentes y la región seguirá atrapada en un ciclo de dolor que difícilmente se cura solo con retórica.
La ONU y las capitales con influencia real sobre las partes deben traducir la alarma en actos: facilitar ayuda, exigir rendición de cuentas y apostar por soluciones que pongan por delante la vida y la dignidad de las personas en Gaza.
Fuente: ONU, reportes de agencias internacionales como Reuters y EFE.
