OAXACA.— Para Juan José Santibáñez García, la arquitectura no comienza en el restirador. Comienza en el lugar, en sus materiales y, sobre todo, en las personas que saben trabajarlos.

Nacido en Huajuapan de León en 1958, Santibáñez hizo de la Mixteca el territorio desde el cual desarrollar buena parte de su carrera. A finales de los años ochenta comenzó a investigar los sistemas constructivos tradicionales de Oaxaca, particularmente el adobe, y a recorrer comunidades para estudiar una arquitectura levantada durante generaciones sin depender de procesos industriales.

Ese aprendizaje terminó definiendo su obra.

Al frente de Arquitectos Artesanos, Santibáñez ha defendido una arquitectura contemporánea que recupera materiales locales y reconoce al albañil y al artesano como parte del proceso creativo. Adobe, ladrillo, piedra, madera y cal conviven en sus proyectos con acero, vidrio y concreto.

El resultado ha llamado la atención fuera de México. En 2023, la revista neoyorquina Curbed dedicó un amplio reportaje a su trabajo y a una arquitectura que encuentra sofisticación precisamente en materiales y conocimientos locales.

Treinta edificios y miles de ladrillos

Uno de los mejores ejemplos es el campus de la Universidad La Salle Oaxaca.

El conjunto, formado por alrededor de treinta edificios, convirtió el ladrillo artesanal en protagonista. Las piezas sobresalen, giran y se separan para crear celosías, controlar la entrada de luz y producir fachadas que cambian con las sombras.

Pero detrás de la imagen existe ingeniería ambiental. La orientación reduce la incidencia solar y un sistema de canales conduce el agua de lluvia hacia el subsuelo. El campus funciona, en palabras del propio arquitecto, como un gran captador de agua.

Su arquitectura también puede encontrarse en la Biblioteca Infantil BS, donde árboles preexistentes fueron incorporados al proyecto, y en el Museo Textil de Oaxaca, cuya intervención le valió una medalla de plata en la X Bienal de Arquitectura Mexicana.

En Huajuapan, su trabajo está todavía más ligado a la historia de la ciudad, con proyectos como el Centro Diocesano Pastoral, el Museo Regional y Biblioteca Pública y Casa Huaxuapa.

Cuando las mujeres construyeron sus propias casas

Sin embargo, una de sus obras más reveladoras no es un gran edificio.

Son dieciséis viviendas.

El proyecto Mujeres de Arcilla surgió cuando un grupo de mujeres de San Miguel Amatitlán buscó a Santibáñez para construir sus casas con recursos limitados. La respuesta fue un modelo en el que ellas mismas participaron en la construcción mediante técnicas basadas en tierra y materiales de la región.

La experiencia convirtió la arquitectura en una herramienta de autonomía y recuperó conocimientos constructivos que estaban desapareciendo. Años después, el proyecto llegó a la Bienal de Arquitectura de Venecia de 2016 como parte de la representación mexicana.

Esa misma filosofía apareció tras los terremotos de 2017.

En los trabajos de reconstrucción realizados junto con la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca, Santibáñez defendió recuperar las viviendas respetando sus materiales, patios, corredores y formas tradicionales de habitar, en lugar de sustituirlas automáticamente por construcciones estandarizadas.

“No es llegar y darles una solución, eso es imponer”, ha explicado el arquitecto al hablar de estos procesos.

Oaxaca como punto de partida

La obra de Juan José Santibáñez plantea una idea sencilla pero cada vez menos evidente: la arquitectura contemporánea no necesita parecerse en todas partes.

Sus edificios son mexicanos sin recurrir a una estética mexicana prefabricada.

Lo son porque nacen del clima, la tierra, los terremotos, la lluvia y los materiales disponibles. Porque detrás de un muro de ladrillo existe también el conocimiento de quien sabe fabricarlo y colocarlo.

Santibáñez decidió desarrollar buena parte de su carrera lejos de los grandes centros de la arquitectura internacional. Desde Oaxaca construyó una obra que hoy despierta interés dentro y fuera de México.

Una arquitectura que mira hacia adelante sin olvidar algo esencial: antes de transformar un territorio, hay que aprender a escucharlo.