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Tren cdmx-guadalajara arranca en 2027, ¿promesa o proyecto viable?

La Presidenta Claudia Sheinbaum anunció en su informe en Jalisco que la construcción del tren entre la Ciudad de México y Guadalajara comenzará el próximo año. La noticia fue refrendada por la CSP, que según sus declaraciones sitúa el arranque en 2027. La promesa suena atractiva: unir dos de las principales áreas metropolitanas del país y reducir tiempos de viaje. Pero entre el anuncio y el primer terraplén hay preguntas que no pueden responderse con consignas.

Primero, el dinero. Proyectos de esta escala requieren cientos de miles de millones de pesos y coordinación entre la Secretaría de Hacienda, la Secretaría de Comunicaciones y Transportes y organismos financieros. Hasta ahora no se ha hecho público un calendario de inversión detallado ni un desglose claro de cuánto aportará la federación, estados o capital privado. Sin un plan financiero abierto y verificable, la cifra queda en promesa.

Segundo, la planeación técnica y ambiental. Un corredor ferroviario de larga distancia atraviesa terrenos urbanos y rurales, ecosistemas y zonas agrícolas. La experiencia reciente en México muestra que la falta de estudios concluyentes puede detener obras o generar conflictos prolongados. La CSP y la Secretaría de Comunicaciones y Transportes deben presentar el estudio de factibilidad, evaluación ambiental y un programa de mitigación antes de que las máquinas entren en el terreno; sin eso, el “arranque” corre el riesgo de ser más simbólico que efectivo.

Tercero, la gobernanza y la transparencia. Proyectos grandes son tentación para la opacidad: contratos cerrados, adjudicaciones directas y sobrecostos. Para que este tren sea más que un titular, las autoridades tienen que abrir licitaciones competitivas, publicar bases y plazos y aceptar auditorías independientes. Ciudadanos y gobiernos locales necesitan garantías de que no habrá despojos ni impactos sociales no atendidos.

Los beneficios potenciales son reales y deben exponerse con números: conectividad para trabajadores y estudiantes, impulso a cadenas productivas en Jalisco y el occidente del país, y reducción de emisiones si el tren es eléctrico. Pero también hay riesgos: desplazamientos, fragmentación del paisaje rural y una deuda pública que podría condicionar otras políticas sociales si no se administra con prudencia.

Hay precedentes a considerar. Obras recientes han mostrado que los cronogramas se corren y los costos suben cuando no existe planificación detallada y fiscalización temprana. Por el lado positivo, si la CSP y la administración federal actúan con transparencia, el proyecto podría convertirse en un motor de trabajo y desarrollo regional. Si no, será otra promesa que se diluye en las administraciones siguientes.

Lo que exigiría credibilidad inmediata: la publicación del estudio de factibilidad, un calendario claro con etapas y fondos asignados en el presupuesto, mecanismos públicos de consulta en las comunidades afectadas y licitaciones abiertas con evaluaciones técnicas publicadas. Sin esos pasos, hablar de “arrancar en 2027” es como prometer un tren en una estación sin vías.

La decisión final no debe ser solo del gobierno federal. Jalisco, municipios intermedios, organizaciones civiles y usuarios potenciales tienen que participar. El tren puede ser una oportunidad para reducir desigualdades territoriales, pero también una carga si se prioriza la rapidez política sobre la calidad técnica y social del proyecto.

La fuente que lanzó la fecha, la Presidenta Sheinbaum, y la CSP fijan ahora la agenda. Corresponde al gobierno demostrar con documentos y plazos que esta vez la promesa no será un espejismo. La ciudadanía debe seguir el proceso, exigir transparencia y participar para que el tren no sea solo un titular sino una infraestructura que realmente mejore la vida cotidiana.

Con información e imágenes de: Reforma