Cucaracha salió del oído: el penal norte que cría plagas y olvida a los presos

Una madrugada de 2011 bastó para que un preso entendiera que el abandono institucional no es metáfora: es una infestación que entra por la piel y se queda en los oídos.

DOMINGA.– La imagen queda pegada como una posdata de horror: una cucaracha emergiendo del oído de un compañero, sin prisa, sin miedo, como si ese cuerpo hubiera sido desde siempre una habitación más del penal. No huyó. No corrió. Era, según el testigo, “libre en la prisión”.

El episodio ocurrió en el Reclusorio Preventivo Varonil Norte, un centro que, según testimonios y reportes de derechos humanos, sufre hacinamiento crónico y condiciones sanitarias que bordean lo inhumano. En noviembre de 2011, el autor de esta crónica ingresó condenado por operaciones con recursos de procedencia ilícita, y describió —con nombres propios de pudrición: humedad, sudor viejo, llagas sin atención, hongos y ausencia total de fumigación— un ecosistema donde las cucarachas dejaron de ser anécdota para convertirse en protagonistas.

La experiencia individual —firmada bajo las iniciales GSC/ATJ— no es un hecho aislado. Informes de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y de organizaciones civiles han señalado durante años la sobrepoblación y el deterioro de instalaciones penitenciarias en México. Esa conjunción de hacinamiento, falta de higiene y carencias médicas crea un caldo de cultivo para plagas y para enfermedades que se expanden con facilidad entre internas e internos.

“Al principio las ves como fondo, como ruido visual que aprendes a ignorar para sobrevivir. Pero cuando entiendes que vas a pasar años ahí, empiezas a aceptar el horror cotidiano de convivir con ellas”, escribe el testigo. Y el horror no es solo psicológico: las consecuencias sanitarias son reales. Micosis, úlceras, infecciones de piel y complicaciones auditivas son riesgos plausibles en entornos donde no hay desinfección ni atención oportuna.

Cómo ocurre la invasión

  • Hacinamiento: camas compartidas, colchones en el suelo y áreas comunes saturadas facilitan el desplazamiento de insectos.
  • Falta de fumigación y limpieza institucional: la responsabilidad de la higiene recae en los internos, quienes deben costear materiales para limpiar.
  • Infraestructura degradada: grietas, humedad y tuberías en mal estado son refugio perfecto para huevos y nidadas.

El testigo recuerda noches en vela, la paranoia de sentir pasos sobre la piel, la costumbre de vigilar cada sombra con una lámpara pequeña. También habla de episodios donde planchas encendidas mataron a algunas cucarachas y dejaron un olor —“la memoria de un insecto quemado”— que aún persiste.

Los efectos sociales y políticos

La anécdota de la cucaracha que sale de un oído desnuda algo más que una falla de limpieza: revela fallas estructurales del sistema penitenciario que impactan derechos básicos. Entre los efectos más graves están:

  • Riesgos para la salud pública dentro y fuera del penal: guardias, visitantes y personal médico comparten espacios con internos y pueden llevar consigo vectores.
  • Violación de estándares de dignidad: la carencia de condiciones mínimas para la higiene es, en sí, una forma de maltrato institucional.
  • Reproducción del círculo de abandono: el olvido estatal facilita dinámicas internas de violencia y desidia que luego se traducen en reincidencia y estigmatización.

Datos rápidos

Elemento Descripción
Centro Reclusorio Preventivo Varonil Norte (Ciudad de México)
Año del relato 2011
Problemas reportados Hacinamiento, falta de higiene, ausencia de fumigación, atención médica insuficiente
Consecuencias Infestaciones masivas, enfermedades cutáneas, riesgo para la integridad física y mental

Qué dicen los organismos y qué se puede hacer

Organizaciones defensoras de derechos humanos han señalado históricamente la necesidad de despresurizar los penales, garantizar atención médica y establecer protocolos de higiene y fumigación regulares. Las medidas urgentes y verificables incluyen:

  • Programas de despresurización: alternativas a la prisión preventiva y revisiones de sentencias para reducir la población penitenciaria.
  • Protocolos sanitarios obligatorios: fumigaciones periódicas, desinfección y mantenimiento financiado por la administración penitenciaria.
  • Acceso efectivo a la salud: consultas, tratamientos y seguimiento para problemas dermatológicos, auditivos y otras afecciones vinculadas a la mala higiene.
  • Inspecciones independientes y transparencia: auditorías públicas y sanciones para responsables cuando se incumplan normas básicas.

Este diario buscó la versión de las autoridades penitenciarias. Al cierre de edición no se había obtenido respuesta. Mientras tanto, la voz que vino del pasillo del reclusorio —un testigo que vio salir a la cucaracha del oído de su compañero— pide algo elemental: que la prisión deje de ser incubadora de plagas y vuelva a ser, siquiera, un lugar donde la dignidad humana no sea una rareza.

La anécdota es grotesca, pero su lección es clara: cuando el Estado abandona la vigilancia mínima de las cárceles, las plagas aparecen no solo en los rincones, sino dentro de los cuerpos. Y entonces el castigo deja de ser legal para convertirse en degradante.

GSC/ATJ — Investigación y crónica

Con información e imágenes de: Milenio.com